A Daniela

Octaviano Mundo

Poeta recién llegado
Entonces, caminábamos...
Y éramos tú y yo.


Yo, de nuevo, aquél niño;
Aquél divino náufrago.


Rodeado de confines;
En un sinfín de deseos.


Hallando la grandeza
Entre las motas de polvo;
Las sedas de los árboles,
Y los túneles de hormigas.


Y adentro de un ancho pecho;
Donde cupiese el mundo,
Como cabe un alma;
Rodeado de blancos abismos,
Fuí quizá,
Devuelto a las puertas del cielo.




Que más me daba...




Un escalón junto a tu puerta
Me bastó.
Una breve odisea,
Perdido en tu sonrisa.
Encadenado en tu palabra.



Y tú, tú eras la mano
De aquél niño,
Que sembraba el gérmen
Del Universo.


Que derramaba tu aroma.
Las violetas del parque,
Que recorría imaginándote;
Besándote; uniéndome a tí.





Eras aquel rayo colorido,
Que enraizaba alrededor
De la vida su belleza.


La semilla de sus mil jardines.
El mar, de sus millones de gotas.
Un incendio en la llama
De sus confortables hogueras.


Y en la reflexiva noche;
Allá, sobre un solitario banco,
El aire,
Que engarzaba nubes y aves
A su antojo.


El huracán en mis insomios;
Y un susurro, y horizonte,
Conversando
Con mi melancolía.


Eras, aquél invisible pastor,
Que alejaba las bandadas
De gaviotas.


La Luna, que pendía
De las horas, que tendía
Surcando el reflejo de tu cara.


Todo aquello que es recuerdo.





Hoy, eres lejana;
Y anidas como un astro,
Cada vez más remoto...


Y sigues significando
Amor; algo que es creciente.
Esperanzador;
Una humilde alegría.



Pues te esparces;
Presente, como el Sol,
En el sencillo candor
Que me desvela los días.


¿Qué eres?, Sino el motivo
Que llamándome,
Despierto mantiene
Ante un amargo trance.


Ahora, soy yo,
Quien anda caminando.


Y observo en los parajes,
Mi soledad; tu compañía.
 
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