A la ráfaga que mató al poeta

Ismael López

Poeta recién llegado
En la trinchera de la muerte vana,
eso que por Diablo responde, quiere
la boca abierta que soy, la que sufre
como herida fresca sobre la llaga.
Espero sin afrontar mi hora, la hora
en la que desaparece el que lucha
como la presa que sin fauces bala
ante la amenaza de la mandíbula.
Con el anhelo de un sueño a un palmo,
soy cordero sin yugo ni fusil,
el clavel, la rosa, el yerto jardín;
la palabra que a hierro no ha matado.
Muero y morir en inmenso abandono
me dejo, como anfibio sin nenúfar,
como pájaro que a los cielos turba
con atroz graznido de cuervo torvo.
Soy una voz que sin una voz vocea
allá donde defecan las palomas,
donde pasos y ojos no ven ni buscan,
donde el reloj a la muerte corteja.
Grito, grito a una cuneta que pesa
como una losa sobre alguna losa
y todo nada, y nada recuerda
al olvido que hicieron de mi mueca.
Soy los años grabados en la piedra,
silencio atronador para esos locos
que me buscan en lo que antes fue tronco
y que libre y sin censuras me encuentran
sin los bozales de las llamas vivas
de la boca cerrada a golpe y ráfaga;
sin la pena del muro y la alambrada;
sin el miedo de símbolos ni fugas
que asesinan cobarde por la espalda.
Soy el poema que venció contra el tiempo,
contra la ruina, contra el fratricidio,
contra la Muerte que vino en España.
Ayer, un treinta y recordar no quiero,
la bala de la carne fue su amante
y mordaza para el poeta y sangre
para mujeres y hombres derrotados,
mas se olvidó de matar a la idea.
Hoy, en un dos mil recordar no quiero,
sigo siendo aquellos gritos cansados
que rompen la cuneta a poesía.

Verdugo, la masacre es solo tuya,
mía es la belleza de la palabra,
solo tuya, la muerte deshonesta,
solo mía, la vida y la memoria.
 

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