Desde el ojo siempre insomne de la luna
me es dado contemplar con mirada de animal
los latidos y los sueños
de la ciudad que duerme.
Mirada con brazos de nieve sin apenas ojos
navegante por ríos de niebla y abluciones
hasta llegar a la entraña sumisa y mineral
de las estatuas en los parques sin rocío.
Está la ciudad replegada sobre sus más íntimas calles
como alojada en una fría dormición
de bloques de ámbar que aún fósiles respiran
latentes vestigios de paisajes otoñales.
Es desde el cristal vibrátil de los tranvías que pasan
o de la superficie de las aguas del río
dispuestas a recibir la última mirada del suicida
de donde recibo esas llamadas extrañas.
O provienen quizás de azoteas iluminadas por los deseos
de las azarosas palomas que me hablan
con sincopados aleteos de la tristeza urbana
de una ventana nocturnamente encendida.
Suenan desde lejos los ecos de una guitarra de concierto
rebotando en las pedrerías que adornan escotes núbiles
deslizándose antes de extinguir sus fuegos
en los discretos devaneos de las damas recién casadas.
Mientras, las gaviotas de alas circunflejas extienden
los claros temblores que anuncian la madrugada.
Los amantes se procuran sus últimos placeres
y los campanarios exorcizan a los vencejos que aún duermen.
Corre la sangre clara por las venas del poeta
que prefiere sin embargo tomar su primer café
olvidando el verso colgado de la lámpara votiva
como una fiesta nocturna que acaba sin terminar.
Es la hora, esa hora sin tiempo desprovista de minutos y segundos
que marca el vacío cotidiano que precede al primer suspiro.
Una hora vaciada de tiempo que no es hora ni merece
su número en el reloj y es sin embargo infinita.
Ilust.: Salvador Dalí.
me es dado contemplar con mirada de animal
los latidos y los sueños
de la ciudad que duerme.
Mirada con brazos de nieve sin apenas ojos
navegante por ríos de niebla y abluciones
hasta llegar a la entraña sumisa y mineral
de las estatuas en los parques sin rocío.
Está la ciudad replegada sobre sus más íntimas calles
como alojada en una fría dormición
de bloques de ámbar que aún fósiles respiran
latentes vestigios de paisajes otoñales.
Es desde el cristal vibrátil de los tranvías que pasan
o de la superficie de las aguas del río
dispuestas a recibir la última mirada del suicida
de donde recibo esas llamadas extrañas.
O provienen quizás de azoteas iluminadas por los deseos
de las azarosas palomas que me hablan
con sincopados aleteos de la tristeza urbana
de una ventana nocturnamente encendida.
Suenan desde lejos los ecos de una guitarra de concierto
rebotando en las pedrerías que adornan escotes núbiles
deslizándose antes de extinguir sus fuegos
en los discretos devaneos de las damas recién casadas.
Mientras, las gaviotas de alas circunflejas extienden
los claros temblores que anuncian la madrugada.
Los amantes se procuran sus últimos placeres
y los campanarios exorcizan a los vencejos que aún duermen.
Corre la sangre clara por las venas del poeta
que prefiere sin embargo tomar su primer café
olvidando el verso colgado de la lámpara votiva
como una fiesta nocturna que acaba sin terminar.
Es la hora, esa hora sin tiempo desprovista de minutos y segundos
que marca el vacío cotidiano que precede al primer suspiro.
Una hora vaciada de tiempo que no es hora ni merece
su número en el reloj y es sin embargo infinita.
Ilust.: Salvador Dalí.
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