Victor F. Sinde
Poeta recién llegado
Éramos en la noche, estuvimos sólos.
Nunca fui tan podrido,
Asqueado y escupido.
Cantaban, mi marcha, las campanas.
-Tantos tontos tonteando.
Me voy, y no quiero.
El viento me empuja lejos,
La Luna sube las mareas para echarte.
Veintiuna estrellas fugaces caen entre nosotros para separarnos.
A la luz de las antorchas de hierro,
Amenizando la velada una liebre,
Acompañados de todo Diciembre.
Nos besamos. Sonreímos. Nos besamos.
A penas podemos mover los labios,
Tanto corta el viento, mientras grita:
- Silbo susurrando sota sus deseos más sangrantes.
He de irme, pero me agarras.
La Iglesia nos separa,
Pero la fuerza de tu nariz roja
Me empuja hacia tu boca,
Rota por el aire y desencajada.
Los pinos, se encorvan para cubrirnos.
Las hierbas secas se enderezan para no incordiar
Y el café despierta nuestros cuerpos por dentro.
Cantan las campanas, sonando tristes:
- Es el tonto tu testigo, tus treinta vinos tintos y tú, su tiza.
¡ Venga el fuego a mi morada!
¡ Queme todos los relojes!
Haga con su arena faroles de plata.
Rompa las manecillas y encienda unas hachas de vela.
Sin poder dejar tungsteno de bombillas,
Funde postes. Construye una torre.
Allí, acuurrucados bajo la nueva luz.
Tumbados sobre una torre de metal.
Calientes por el fuego.
Miremonos a los ojos,
Nunca nos despidamos.
Sólo tengamos encuentros una y otra vez.
Todo se ha callado.
El viento se ha dormido,
Lo ha dormido la Luna.
Y ella, recogiendo su capa de nubes,
Se ha dormido con su niño.
Ahora, bajo una manta de estrellaS.
Iluminados por los velones de un castillo,
Los destellos de tus dientes
Y el fuego de mi interior.
Ahora, calladas las campanas,
Escondidos los animales
Y recuperado el relojero.
De nuevo helados.
Ahora, entre cerca y lejos.
Ahora...te echo de menos.
Nunca fui tan podrido,
Asqueado y escupido.
Cantaban, mi marcha, las campanas.
-Tantos tontos tonteando.
Me voy, y no quiero.
El viento me empuja lejos,
La Luna sube las mareas para echarte.
Veintiuna estrellas fugaces caen entre nosotros para separarnos.
A la luz de las antorchas de hierro,
Amenizando la velada una liebre,
Acompañados de todo Diciembre.
Nos besamos. Sonreímos. Nos besamos.
A penas podemos mover los labios,
Tanto corta el viento, mientras grita:
- Silbo susurrando sota sus deseos más sangrantes.
He de irme, pero me agarras.
La Iglesia nos separa,
Pero la fuerza de tu nariz roja
Me empuja hacia tu boca,
Rota por el aire y desencajada.
Los pinos, se encorvan para cubrirnos.
Las hierbas secas se enderezan para no incordiar
Y el café despierta nuestros cuerpos por dentro.
Cantan las campanas, sonando tristes:
- Es el tonto tu testigo, tus treinta vinos tintos y tú, su tiza.
¡ Venga el fuego a mi morada!
¡ Queme todos los relojes!
Haga con su arena faroles de plata.
Rompa las manecillas y encienda unas hachas de vela.
Sin poder dejar tungsteno de bombillas,
Funde postes. Construye una torre.
Allí, acuurrucados bajo la nueva luz.
Tumbados sobre una torre de metal.
Calientes por el fuego.
Miremonos a los ojos,
Nunca nos despidamos.
Sólo tengamos encuentros una y otra vez.
Todo se ha callado.
El viento se ha dormido,
Lo ha dormido la Luna.
Y ella, recogiendo su capa de nubes,
Se ha dormido con su niño.
Ahora, bajo una manta de estrellaS.
Iluminados por los velones de un castillo,
Los destellos de tus dientes
Y el fuego de mi interior.
Ahora, calladas las campanas,
Escondidos los animales
Y recuperado el relojero.
De nuevo helados.
Ahora, entre cerca y lejos.
Ahora...te echo de menos.