Amaris.verna
Poeta recién llegado
No sé si fue el viento,
ese que enreda caminos y deshoja mañanas,
o si fue el eco de algún sueño olvidado
quien me trajo hasta tu pecho,
donde el mundo perdió su borde.
No sé si agradecerle al azar,
que danza ciego entre las horas,
o a esa marea invisible que empuja las almas
sin que sepan que van hacia su orilla.
Tal vez fue el roce de dos estrellas extraviadas
que encendieron su luz en tu mirada.
Qué importa el nombre de esta fuerza errante,
si al cruzar tus ojos supe
que el universo había conspirado
para colocar tu risa en mi ladera,
tu voz en el centro del silencio.
Te encuentro en la savia,
en las ramas que susurran al sol,
en el fulgor de las flores diminutas
que nadie más mira.
Eres el milagro que llegó sin aviso,
el secreto guardado en el aliento del cosmos.
Hoy, al rozar tu mano,
no puedo evitar sonreírle a la casualidad,
o al destino, o a lo innombrable,
por haber entrelazado sus hilos en mi sendero,
por haber escrito tu nombre
en la palma de mi suerte.
¿Quién hubiera pensado que, entre tantos pasos,
los tuyos y los míos se reconocerían?
¿Quién hubiera sabido
que este encuentro sería un jardín
que no deja de florecer?
ese que enreda caminos y deshoja mañanas,
o si fue el eco de algún sueño olvidado
quien me trajo hasta tu pecho,
donde el mundo perdió su borde.
No sé si agradecerle al azar,
que danza ciego entre las horas,
o a esa marea invisible que empuja las almas
sin que sepan que van hacia su orilla.
Tal vez fue el roce de dos estrellas extraviadas
que encendieron su luz en tu mirada.
Qué importa el nombre de esta fuerza errante,
si al cruzar tus ojos supe
que el universo había conspirado
para colocar tu risa en mi ladera,
tu voz en el centro del silencio.
Te encuentro en la savia,
en las ramas que susurran al sol,
en el fulgor de las flores diminutas
que nadie más mira.
Eres el milagro que llegó sin aviso,
el secreto guardado en el aliento del cosmos.
Hoy, al rozar tu mano,
no puedo evitar sonreírle a la casualidad,
o al destino, o a lo innombrable,
por haber entrelazado sus hilos en mi sendero,
por haber escrito tu nombre
en la palma de mi suerte.
¿Quién hubiera pensado que, entre tantos pasos,
los tuyos y los míos se reconocerían?
¿Quién hubiera sabido
que este encuentro sería un jardín
que no deja de florecer?
Amaris verna