MIZU
Poeta asiduo al portal
RELÁJATE ......
y deja arrastrar tu pensamiento fuera de toda vorágine angustiosa.
Cierra los ojos.
Mírate a ti misma desde dentro.
mira sobre una nube,
flotando entre un cielo azul que se pierde en el infinito,
ajeno a todo,
a tus problemas,
a tus miedos,
al mundo.
Siente el deseo que acaricia tu piel desnuda
y te susurra al oído un silbido melodioso.
No abras aún los ojos.
Afloja tus músculos,
siente todo el peso desapa
recer de tu cuerpo,
completamente ingrávido,
etéreo como la propia nube sobre la que descansas.
siente ahora unos labios
que con suavidad se posan sobre esos ojos q
ue mantienes cerrados,
siente el cálido beso que en ellos depositan.
Concéntrate en esos labios,
que ahora descienden por tus mejillas,
que se desvían un momento
para tiernamente mordisquearte
el lóbulo de la oreja,
que retornan luego a su senda
y besan la comisura de tus labios
y después la esponjosidad de éstos,
que los separan con dulzura,
que se recrean en su sabor,
tibio y dulce,
que absorben la miel que en ellos se genera
y los humedecen a su vez con el almíbar
que el amor sincero hace brotar de los suyos.
Percíbelos más tarde descender por tu barbilla,
morderla con liviandad,
y finalmente
ir a desembocar en las venas
que circundan tu grácil cuello,
sobre cuya piel tersa se rompen
en un aluvión de besos
y ligeras dentelladas,
sedientos vampiros anhelantes
de absorber el tesoro que esa piel les transmite.
Abre luego los ojos.
¿Me reconoces?
Sí, soy yo.
Eran mis labios
y deja arrastrar tu pensamiento fuera de toda vorágine angustiosa.
Cierra los ojos.
Mírate a ti misma desde dentro.
mira sobre una nube,
flotando entre un cielo azul que se pierde en el infinito,
ajeno a todo,
a tus problemas,
a tus miedos,
al mundo.
Siente el deseo que acaricia tu piel desnuda
y te susurra al oído un silbido melodioso.
No abras aún los ojos.
Afloja tus músculos,
siente todo el peso desapa
recer de tu cuerpo,
completamente ingrávido,
etéreo como la propia nube sobre la que descansas.
siente ahora unos labios
que con suavidad se posan sobre esos ojos q
ue mantienes cerrados,
siente el cálido beso que en ellos depositan.
Concéntrate en esos labios,
que ahora descienden por tus mejillas,
que se desvían un momento
para tiernamente mordisquearte
el lóbulo de la oreja,
que retornan luego a su senda
y besan la comisura de tus labios
y después la esponjosidad de éstos,
que los separan con dulzura,
que se recrean en su sabor,
tibio y dulce,
que absorben la miel que en ellos se genera
y los humedecen a su vez con el almíbar
que el amor sincero hace brotar de los suyos.
Percíbelos más tarde descender por tu barbilla,
morderla con liviandad,
y finalmente
ir a desembocar en las venas
que circundan tu grácil cuello,
sobre cuya piel tersa se rompen
en un aluvión de besos
y ligeras dentelladas,
sedientos vampiros anhelantes
de absorber el tesoro que esa piel les transmite.
Abre luego los ojos.
¿Me reconoces?
Sí, soy yo.
Eran mis labios