Monje Blanco
Poeta recién llegado
Sentada estás,
con las piernas cruzadas,
un cigarrillo en tus frágiles dedos,
y tu maliciosa sonrisa en el desierto de la fábrica.
Te observo a lo lejos,
tu rubia cabellera, brilla a la luz del invierno
de aquel mayo.
Yo enciendo un cigarrillo tras otro,
una sequedad tormentosa inunda mi garganta,
no sé si es el exceso de tabaco,
o las ansias de besar tus labios;
llega la hora de partir,
cada uno a su puesto,
y yo sólo pienso en tu silueta,
en tus manos blancas,
que de lejos
alcancé a divisar.
Sin embargo a lo lejos,
también observé un anillo de bodas,
grande fue mi decepción,
pero el adulterio quedaba como alternativa.
Desde aquel día, una sed eterna
satura mi alma,
ansiosa de tus besos,
y adulterar juntos,
aun cuando,
el castigo eterno sea mi condena.
Nota: Este es un poema dedicado a una aparadora (Proceso final de la fábrica de calzado) que me cautivó con su angelical belleza...
con las piernas cruzadas,
un cigarrillo en tus frágiles dedos,
y tu maliciosa sonrisa en el desierto de la fábrica.
Te observo a lo lejos,
tu rubia cabellera, brilla a la luz del invierno
de aquel mayo.
Yo enciendo un cigarrillo tras otro,
una sequedad tormentosa inunda mi garganta,
no sé si es el exceso de tabaco,
o las ansias de besar tus labios;
llega la hora de partir,
cada uno a su puesto,
y yo sólo pienso en tu silueta,
en tus manos blancas,
que de lejos
alcancé a divisar.
Sin embargo a lo lejos,
también observé un anillo de bodas,
grande fue mi decepción,
pero el adulterio quedaba como alternativa.
Desde aquel día, una sed eterna
satura mi alma,
ansiosa de tus besos,
y adulterar juntos,
aun cuando,
el castigo eterno sea mi condena.
Nota: Este es un poema dedicado a una aparadora (Proceso final de la fábrica de calzado) que me cautivó con su angelical belleza...
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