Felipe Antonio Santorelli
Poeta que considera el portal su segunda casa
Recuerdo con cierta nostalgia
mis enteros y largos días
pasados frente al plateado golfo,
dejando que los vientos polares
zurcieran mis heridas como diestros cirujanos.
Recuerdo la Nápoles milenaria,
síntesis de una gloriosa Italia
que representa todos los sentimientos humanos;
calma y tormenta, paz y rebelión,
serenidad y tempestad, amor y odio,
nostalgia de un pasado fantasma,
seguridad de un futuro por venir,
pasiones, emociones, dementes locuras,
apacibles jornadas en los campos de nueces,
de vid, de melocotones, los frutos de la tierra,
cosecha del arduo trabajo de manos callosas,
rodillas al suelo y rostros sonrientes.
Y la simpleza de la gente,
y su tristeza que desmiente
su antifaz, lo dulce de la vida
y una alegría que enciende
las noches de júbilo y dicha.
¡Ah italianos!, ¿sois poetas o aventureros?
¿Sois románticos, sentimentales
o gélidos como bloques de hielo?
Sois el corazón del mundo
y de todos los sentidos
y de todas las profecías.
Sucumbe el imperio Romano
y surge de sus cenizas, el Vaticano...
El italiano; enterrado en deudas y dolores,
resurge de la nada y crece y crece y crece
¡El italiano enflaca pero nunca muere!...
Y tú, padre italiano, que descansas detrás del umbral de la vida,
observa mi pasado y contempla mi presente,
comprende mis errores y alaba mis victorias
desde allá... ¡por favor!
Déjame pedirte un último deseo, a ti que me has dado la vida.
Permite que la luz centelleante de tus ojos azules
aclare mi camino, me conduzca a la riqueza espiritual,
a la verdadera dicha, a la serenidad en las orillas del alma,
al amor que tanto profesaste.
Dame tus virtudes terrenas para que mi alma se regocije en ellas
y que la mirada marina que te honra
me acompañe hasta el fin de mis días
y que la voz segura que te anima
dé consejos siempre a mis toscos oídos
y que la marcha erguida que te agracia
guíe mis pasos hacia el bien.
Dios, tú que todo lo puedes,
tú que todo lo sabes,
tú que todo lo ves,
ten por favor a mi padre
niño adulto, en tu gloria...
Hosanna...
Padre nuestro que estás en los cielos....
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mis enteros y largos días
pasados frente al plateado golfo,
dejando que los vientos polares
zurcieran mis heridas como diestros cirujanos.
Recuerdo la Nápoles milenaria,
síntesis de una gloriosa Italia
que representa todos los sentimientos humanos;
calma y tormenta, paz y rebelión,
serenidad y tempestad, amor y odio,
nostalgia de un pasado fantasma,
seguridad de un futuro por venir,
pasiones, emociones, dementes locuras,
apacibles jornadas en los campos de nueces,
de vid, de melocotones, los frutos de la tierra,
cosecha del arduo trabajo de manos callosas,
rodillas al suelo y rostros sonrientes.
Y la simpleza de la gente,
y su tristeza que desmiente
su antifaz, lo dulce de la vida
y una alegría que enciende
las noches de júbilo y dicha.
¡Ah italianos!, ¿sois poetas o aventureros?
¿Sois románticos, sentimentales
o gélidos como bloques de hielo?
Sois el corazón del mundo
y de todos los sentidos
y de todas las profecías.
Sucumbe el imperio Romano
y surge de sus cenizas, el Vaticano...
El italiano; enterrado en deudas y dolores,
resurge de la nada y crece y crece y crece
¡El italiano enflaca pero nunca muere!...
Y tú, padre italiano, que descansas detrás del umbral de la vida,
observa mi pasado y contempla mi presente,
comprende mis errores y alaba mis victorias
desde allá... ¡por favor!
Déjame pedirte un último deseo, a ti que me has dado la vida.
Permite que la luz centelleante de tus ojos azules
aclare mi camino, me conduzca a la riqueza espiritual,
a la verdadera dicha, a la serenidad en las orillas del alma,
al amor que tanto profesaste.
Dame tus virtudes terrenas para que mi alma se regocije en ellas
y que la mirada marina que te honra
me acompañe hasta el fin de mis días
y que la voz segura que te anima
dé consejos siempre a mis toscos oídos
y que la marcha erguida que te agracia
guíe mis pasos hacia el bien.
Dios, tú que todo lo puedes,
tú que todo lo sabes,
tú que todo lo ves,
ten por favor a mi padre
niño adulto, en tu gloria...
Hosanna...
Padre nuestro que estás en los cielos....
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