A mi no me digas, que la mujer
que en mis sueños apareció, no eras.
No pude ver tu rostro,
aunque cerca lo tuve,
tanto
que alcancé a rozar tus labios, mullidos
tibios y envueltos en frescura
curiosos, cediendo a la presión de los míos
fundiéndose en la ternura de un encuentro inesperado
gigantes en el espejo de mi alma
colmando mi ansiedad de eternidad
al punto, de esfumarme del entorno
y de la nube gris del reconocimiento, beber.
Fue ahí,
en ese instante, cuando por primera vez
supe a que sabe el amor.
A mi no me digas, que la mujer
que en mis sueños apareció, no eras
porque esos labios
eran los tuyos.