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A Miguel Hernández 1 (prólogo)

La Sexorcisto

Lluna V. L.
¡Qué se abra esta puerta!

Y esta otra

y la de más allá.


Las cenizas suspendidas

con olor a fuego invernal

se dispersen de una vez

para que pueda despojarme

desnudarme

volver a mover mis gestos faciales

de rostro de hielo himalayo caído en alud.


¡Necia del maizal perdido!

¿Dónde te encontrabas?

En tu laberinto de algoritmos

a la zozobra de los impulsos

como hilera de crustáceos en tierra quemada

allá estaba el ocaso de rojizo hierro.


Sin el tiempo bastardo

para poder verte a vista de pájaro

cuervo o paloma

porque la sustancia se plastifica

para el que quiere olvidarse.


¡Niña de letras perdidas!

La percepción fue dura

trigo de piedra

errática madre esquiva

sin ubres que ofrecer.


Cruzar la playa del ébano líquido

a huellas traseras de perra famélica

palmeras en llamas

sangre que hierve

y a voz de tormenta gritar:

¡Basta ya!


¡Cerrojos oxidados caigan a trozos!

Porque estos dedos necesitan

el pulso de la palabra

malear la abisal conjunción

de lo que daba por perdido

entre pagodas draconianas abatidas.


¡Al fin me reconozco!
 
¡Qué se abra esta puerta!

Y esta otra

y la de más allá.


Las cenizas suspendidas

con olor a fuego invernal

se dispersen de una vez

para que pueda despojarme

desnudarme

volver a mover mis gestos faciales

de rostro de hielo himalayo caído en alud.


¡Necia del maizal perdido!

¿Dónde te encontrabas?

En tu laberinto de algoritmos

a la zozobra de los impulsos

como hilera de crustáceos en tierra quemada

allá estaba el ocaso de rojizo hierro.


Sin el tiempo bastardo

para poder verte a vista de pájaro

cuervo o paloma

porque la sustancia se plastifica

para el que quiere olvidarse.


¡Niña de letras perdidas!

La percepción fue dura

trigo de piedra

errática madre esquiva

sin ubres que ofrecer.


Cruzar la playa del ébano líquido

a huellas traseras de perra famélica

palmeras en llamas

sangre que hierve

y a voz de tormenta gritar:

¡Basta ya!


¡Cerrojos oxidados caigan a trozos!

Porque estos dedos necesitan

el pulso de la palabra

malear la abisal conjunción

de lo que daba por perdido

entre pagodas draconianas abatidas.


¡Al fin me reconozco!
Cruzar entre sus playas poeticas cuando los dedos son palabra
y a la vez necesidad en ese prologo donde las esencias tratan de
comprender un gran mundo vital. bella dedicatoria a el
gran maestro. saludos amables de luzyabsenta
 
Reconocerse en todas las posibilidades, aunque no se las tome. La necia quiso perderse para que el pájaro del tiempo no supiera de ella. Tal vez no fue tan necia si así se liberó y se reconoció a sí misma.
Ahora, y siendo curioso, ¿"A Miguel Hernández"?
Bueno, si es prólogo espero que esté continuando, porque es buen material para poesía.
 

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