La Sexorcisto
Lluna V. L.
Cielo negro. Sombras permanentes.
Ojos alquitranados. Cristales del horror.
Sonámbulos de sangre. Fiebre.
Avenida de
chatarra
ruinas
restos
calma entrampada
un cartel de dirección medio descolgado
chirría
letanía inerte
ceniza medio suspendida
manto de formas volátiles
acechadoras
avanzando entre la decadencia
bloques de edificios
combados
destrozados
monolitos imposibles
caídos
arquitectura desesperanzada
tierra quemada
en busca
de un ocaso
de una risa fija
cuando hay que reír
para no
despeñarse
mutilarse
traicionarse
acercándose a los límites que te sujetan
cuando eres demasiado flaca y volátil
para no salir despedida por el chantaje de la locura espejo
incerteza como una tonelada de sapos cornudos.
Desde aquí dentro
la torre se alza demasiado alta y doblada
con penuria de sueño calcinado
sin saber por qué me encontré raquítica
en esta miseria condescendiente
arruinada para siempre
culpando al aire sordo
siendo la destrucción total
la quebrada para deambular
más efímera que una perra cascada.
¿Qué hay que ver?
Ni tan siquiera mi sombra devuelta por sucios muros
que se alzan sin sentido en medio de lo caído.
¿El cielo?
No se distingue de la tierra gris
¿Hay noche?
Y si no la hay
me la imagino
con estrellas de cinco puntas
y lunas cuadradas
¡La hora radioactiva!
Mi propia guerra civil.
Ojos alquitranados. Cristales del horror.
Sonámbulos de sangre. Fiebre.
Avenida de
chatarra
ruinas
restos
calma entrampada
un cartel de dirección medio descolgado
chirría
letanía inerte
ceniza medio suspendida
manto de formas volátiles
acechadoras
avanzando entre la decadencia
bloques de edificios
combados
destrozados
monolitos imposibles
caídos
arquitectura desesperanzada
tierra quemada
en busca
de un ocaso
de una risa fija
cuando hay que reír
para no
despeñarse
mutilarse
traicionarse
acercándose a los límites que te sujetan
cuando eres demasiado flaca y volátil
para no salir despedida por el chantaje de la locura espejo
incerteza como una tonelada de sapos cornudos.
Desde aquí dentro
la torre se alza demasiado alta y doblada
con penuria de sueño calcinado
sin saber por qué me encontré raquítica
en esta miseria condescendiente
arruinada para siempre
culpando al aire sordo
siendo la destrucción total
la quebrada para deambular
más efímera que una perra cascada.
¿Qué hay que ver?
Ni tan siquiera mi sombra devuelta por sucios muros
que se alzan sin sentido en medio de lo caído.
¿El cielo?
No se distingue de la tierra gris
¿Hay noche?
Y si no la hay
me la imagino
con estrellas de cinco puntas
y lunas cuadradas
¡La hora radioactiva!
Mi propia guerra civil.