En mi cumpleaños 69 deseo cosas que no caben en una lista ni obedecen al calendario. Deseo, por ejemplo, que el tiempo se distraiga conmigo, que se siente a tomar café y olvide avanzar mientras le cuento anécdotas que nunca ocurrieron pero que, de algún modo, recuerdo. Deseo que la prisa pierda el autobús y que la paciencia me escriba postales desde lugares improbables.
Deseo seguir llegando tarde a ciertas conclusiones y temprano a los abrazos. Que el cuerpo, con sus crujidos y advertencias, no sea una queja sino un archivo vivo; que cada cicatriz conserve su letra minúscula y cada risa su mayúscula intacta. Deseo equivocarme con elegancia y acertar sin alardes.
Deseo palabras que no expliquen, que abran puertas. Silencios que no pesen. Días que no pidan permiso. No quiero certezas: quiero preguntas bien formuladas, esas que caminan solas por la casa y se sientan a la mesa como invitados de confianza.
Deseo seguir creyendo que la ternura es una forma avanzada de inteligencia, que la memoria no es un museo sino un jardín, y que el amor —cuando llega— no pregunta la edad, solo si hay una silla libre a su lado.
En mi cumpleaños 69 deseo menos ruido y más asombro. Que lo simple me sorprenda. Que lo imposible se vuelva cotidiano. Y que, al final del día, cuando el mundo apague sus luces, todavía me quede la certeza mínima y suficiente de haber vivido con curiosidad, con gratitud y con una leve sonrisa conspirando contra la gravedad.
Deseo seguir llegando tarde a ciertas conclusiones y temprano a los abrazos. Que el cuerpo, con sus crujidos y advertencias, no sea una queja sino un archivo vivo; que cada cicatriz conserve su letra minúscula y cada risa su mayúscula intacta. Deseo equivocarme con elegancia y acertar sin alardes.
Deseo palabras que no expliquen, que abran puertas. Silencios que no pesen. Días que no pidan permiso. No quiero certezas: quiero preguntas bien formuladas, esas que caminan solas por la casa y se sientan a la mesa como invitados de confianza.
Deseo seguir creyendo que la ternura es una forma avanzada de inteligencia, que la memoria no es un museo sino un jardín, y que el amor —cuando llega— no pregunta la edad, solo si hay una silla libre a su lado.
En mi cumpleaños 69 deseo menos ruido y más asombro. Que lo simple me sorprenda. Que lo imposible se vuelva cotidiano. Y que, al final del día, cuando el mundo apague sus luces, todavía me quede la certeza mínima y suficiente de haber vivido con curiosidad, con gratitud y con una leve sonrisa conspirando contra la gravedad.