Funámbula Peperina
Poeta recién llegado
Yo sólo quiero que sepa que me encantaría jugar con su cabello;
besarle el cuello mientras los niños nos ven desde sus bicicletas
y sus padres los apuran
indignados por tanta inmoralidad en un parque.
Pero quizá después me mire con una tristeza que nos pulverice los ojos,
porque nuestros dedos escriben en un tiempo imperfecto que nos impertenece,
conjugando nuestras deshoras con sueñitos de cineasta
y tragicomedias de minutos robados al vértigo o a lo imposible.
Es que nos golpea la sapiencia de ser anacronismo y no poder bajar
del carrusel que hemos creado. Se nos alarga la ira, cuando mejor
deberíamos partirnos de risa porque en su oficio usted se dibuja tantas caras
para no tener ninguna
y a mí, en el mío, me da por temblar y hacer ruiditos.
Ya más tranquilos, me atreveré a decirle
que usted fue mis huesos
cuando andaba lacia del alma
y usted también me dirá algo así;
o mejor nos hacemos tontos porque esto
es un sinsentido que nos araña despacito
hasta hacernos nuditos la sangre.
Con suerte, sabré enseñarle cómo encender estrellas al ras del piso
o a crear cataclismos en el silencio mientras el mundo se cae de ruido.
Con suerte podré regalarle un poco de agua
y escribirnos un ratito en el olvido,
justo antes de salir al escenario de la inmolación.
besarle el cuello mientras los niños nos ven desde sus bicicletas
y sus padres los apuran
indignados por tanta inmoralidad en un parque.
Pero quizá después me mire con una tristeza que nos pulverice los ojos,
porque nuestros dedos escriben en un tiempo imperfecto que nos impertenece,
conjugando nuestras deshoras con sueñitos de cineasta
y tragicomedias de minutos robados al vértigo o a lo imposible.
Es que nos golpea la sapiencia de ser anacronismo y no poder bajar
del carrusel que hemos creado. Se nos alarga la ira, cuando mejor
deberíamos partirnos de risa porque en su oficio usted se dibuja tantas caras
para no tener ninguna
y a mí, en el mío, me da por temblar y hacer ruiditos.
Ya más tranquilos, me atreveré a decirle
que usted fue mis huesos
cuando andaba lacia del alma
y usted también me dirá algo así;
o mejor nos hacemos tontos porque esto
es un sinsentido que nos araña despacito
hasta hacernos nuditos la sangre.
Con suerte, sabré enseñarle cómo encender estrellas al ras del piso
o a crear cataclismos en el silencio mientras el mundo se cae de ruido.
Con suerte podré regalarle un poco de agua
y escribirnos un ratito en el olvido,
justo antes de salir al escenario de la inmolación.
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