A propósito de crisis
Lo digo como lo siento:
no me quedan ya más ganas
de morir en el intento
de encontrar un porcentaje
que apacigüe tu apetito;
no te compro ese chantaje,
vale más mi piel cansada
que tu descaro esclavista.
No me cantes la balada
de los precios y las ventas,
no me cuentes más tu vida;
las medallas que te inventas
brillan más de lo que vales,
y me toca las narices
tu coro de subnormales,
esa panda de palmeros
que aplauden cuando rebajas
el respeto a tus obreros.
O cuando llamas a filas
a los más viejos del lugar,
pa´ que se pongan las pilas,
y queriéndo demostrar
quién manda en el cortijo,
mandas a todos a remar,
y contra viento y marea,
unos callan, otros miran,
pero toquisqui desea
que un día cambie la suerte
y tu verbo destemplado
se convierta en viento fuerte
que te borre del camino
y nos libre del coñazo
de compartir el destino
con tu sombra malparida.
Maldita mil veces tu llegada,
bendita muchas más tu partida.
A bailar con la más fea
no sabía yo que venía.
Cuando bajó la marea
y nos puso al descubierto
tu afán de actor principal,
empezaron los entuertos:
“esto tiene que cambiar,
la crisis nos obliga
a teneros que apretar,
así que date por satisfecho
si sigues entrando aquí;
de mí depende tu techo”.
De sobra sabemos todos
de dónde te viene el poder,
callas por los codos
lo que no te interesa vender.
Eres un lameculos amargado,
capaz de enseñar sin aprender
que el más tonto tiene venas,
que la sangre cuando aprieta
se juega desayuno almuerzo y cena
a la carta que le queda,
la que tú te quieres quedar,
porque piensas que la veda
es perenne para los tuyos,
mandamases, aprendices, truhanes
de la dignidad: unos capullos.
Tirados en las cunetas
se quedan algunos de aquellos
que afilaban las braguetas
de tocarse las pelotas.
Ahora, con el alma en cabestrillo
y la pena hasta en la botas,
echan de menos la prisa
sin cronómetros,
la bronca muertos de risa.
Me cuentan que te largas,
“¡Dios existe!”, exclamo feliz,
volaron las horas amargas
en que te veía en el comedor,
haciendo reír a la plebe,
sentada a tu alrededor.
Imbécil de vocación, rey de las quejas
tanta paz lleves
como descaso dejas.
Lo digo como lo siento:
no me quedan ya más ganas
de morir en el intento
de encontrar un porcentaje
que apacigüe tu apetito;
no te compro ese chantaje,
vale más mi piel cansada
que tu descaro esclavista.
No me cantes la balada
de los precios y las ventas,
no me cuentes más tu vida;
las medallas que te inventas
brillan más de lo que vales,
y me toca las narices
tu coro de subnormales,
esa panda de palmeros
que aplauden cuando rebajas
el respeto a tus obreros.
O cuando llamas a filas
a los más viejos del lugar,
pa´ que se pongan las pilas,
y queriéndo demostrar
quién manda en el cortijo,
mandas a todos a remar,
y contra viento y marea,
unos callan, otros miran,
pero toquisqui desea
que un día cambie la suerte
y tu verbo destemplado
se convierta en viento fuerte
que te borre del camino
y nos libre del coñazo
de compartir el destino
con tu sombra malparida.
Maldita mil veces tu llegada,
bendita muchas más tu partida.
A bailar con la más fea
no sabía yo que venía.
Cuando bajó la marea
y nos puso al descubierto
tu afán de actor principal,
empezaron los entuertos:
“esto tiene que cambiar,
la crisis nos obliga
a teneros que apretar,
así que date por satisfecho
si sigues entrando aquí;
de mí depende tu techo”.
De sobra sabemos todos
de dónde te viene el poder,
callas por los codos
lo que no te interesa vender.
Eres un lameculos amargado,
capaz de enseñar sin aprender
que el más tonto tiene venas,
que la sangre cuando aprieta
se juega desayuno almuerzo y cena
a la carta que le queda,
la que tú te quieres quedar,
porque piensas que la veda
es perenne para los tuyos,
mandamases, aprendices, truhanes
de la dignidad: unos capullos.
Tirados en las cunetas
se quedan algunos de aquellos
que afilaban las braguetas
de tocarse las pelotas.
Ahora, con el alma en cabestrillo
y la pena hasta en la botas,
echan de menos la prisa
sin cronómetros,
la bronca muertos de risa.
Me cuentan que te largas,
“¡Dios existe!”, exclamo feliz,
volaron las horas amargas
en que te veía en el comedor,
haciendo reír a la plebe,
sentada a tu alrededor.
Imbécil de vocación, rey de las quejas
tanta paz lleves
como descaso dejas.