Pablo Alonso
Poeta asiduo al portal
¿A quién le hablaré de eternidades?
yo no tengo el tiempo atado a la piel,
ni el olvido y el recuerdo en cada oído,
como si fueran ángeles de la conciencia.
No perdura nada no más que un lapso:
la semilla germina y florea,
el árbol crece y fructifica,
el pájaro rompe el cascarón y canta.
Y sin embargo nada permanece detenido:
sucumben los relojes y los ojos se pierden
en ilusiones tales que se parecen a un delirio.
Y entonces veo a la semilla marchitarse,
al árbol podrirse,
al pájaro caer dormido para siempre.
¿A quién le hablaré de eternidades?
sólo el papel– liviano y vacío-
acepta en sí mismo el peso amargo
de tan trágico relato.
yo no tengo el tiempo atado a la piel,
ni el olvido y el recuerdo en cada oído,
como si fueran ángeles de la conciencia.
No perdura nada no más que un lapso:
la semilla germina y florea,
el árbol crece y fructifica,
el pájaro rompe el cascarón y canta.
Y sin embargo nada permanece detenido:
sucumben los relojes y los ojos se pierden
en ilusiones tales que se parecen a un delirio.
Y entonces veo a la semilla marchitarse,
al árbol podrirse,
al pájaro caer dormido para siempre.
¿A quién le hablaré de eternidades?
sólo el papel– liviano y vacío-
acepta en sí mismo el peso amargo
de tan trágico relato.
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