Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
La casa ya en silencio,
mis hijas de camino hacia la escuela
arrastran, números y letras,
con luces y sombras.
Las paredes se desprenden del bullicio
y quedan para mí a solas
mirándome;
ellas y yo sabemos
lo que debajo de la piel aguarda,
esa caja de sorpresas
con la música de un rojo laberinto.
Los pisos hablan, con los recuerdos
de tus pisadas sobre ellos
me acompañan
en el lento deambular al desayuno,
en que, sentado ante la mesa,
con el jarrón de las flores
que tú me regalaste,
saboreo,
esas rebanadas de aceite y miel
como si fueran labios,
los tuyos,
y veo,
en el humo que asciende
del café con leche,
la suavidad de tus dedos.
Nada me complace más que dibujarte
sobre el blanco,
con el aceite que gotea
y esas migas
cayendo entre mordiscos,
repletas de un deseo
de piedras frente al agua
moldeadas….
Y hacerse sólo arena.
Yo levantaré castillos con tus manos,
con esa firme decisión de estar conmigo,
de levantar el aire
que está bajo mi ropa
esperando,
a la ventana abierta
para fugarme,
al rincón de tu cuarto,
a esa almohada que estrechas
cuando te llamo en la madrugada
y me meto en tu cama
y saboreo, muy lentamente,
tu boca.