José Lucena
Poeta que considera el portal su segunda casa
A los que se fueron:
no miren hacia atrás.
Ya no estoy en el suelo como antes,
me cansé de lamer las piedras
y de rayar el amor en su morfología.
A las mujeres que parecían damas
pero resultaron ser putonas:
hace 11 meses me sometí
a unos exámenes de laboratorio
y la ciencia determinó
que no tenía VIH
ni de esas enfermedades de términos complicados.
A la humedad de mi rostro:
quiero una brisa
que me reintegre.
A los caminos que nunca fueron míos:
yo no quise quedarme allí:
“no respires Lucena, no sientas,
no te expreses, no camines
aunque tus pies apunten
hacia la libertad del alma.
A los que se desaparecen durante mis batallas:
Ellos no saben ni sabrán
nunca a qué sabe un silencio.
Ellos nunca caminaran varios kilómetros
para chuparse dieciséis cañas de azúcar
y posteriormente llorar la sangre
que destila el sol.
A ellos el hambre
no les ha mordido la voluntad
ni han amado tanto una arepa
de maíz rellena con tomates.
A los que me envidian,
si es que alguien me envidia debe saber lo siguiente:
Guerra económica en Venezuela,
siglo XXI,
año 16.
Mis axilas están pegajosas,
todo mi cuerpo es pegajoso,
y no creo que exista una Eva
dispuesta a morder mí fruto.
Aquí hay muchos semerucos
alrededor de mi cama.
A los burgueses sifrinos- o pobres, alienados y sifrinos
que juegan a ser parte de la izquierda revolucionaria:
Ustedes, sus liturgias de seudos-intelectuales…
lucubraciones siempre inmersas en plazas
y sus paraísos de cemento.
Su cielo, su llovizna de whisky
y sus poses bobas cuando se determinan
a beber cocui.
Ustedes: sus constantes peticiones de hojas verdes,
su amor sin condición a la institucionalidad.
Sus paseos por Europa.
Sus acentos y gesticulaciones de niños toñecos.
Ustedes, productores de la metástasis.
A mis estudiantes:
Cuando mañana por idiotez circunstancial pretendan odiar al pobre.
No olviden que su profesor fue y será siempre un campesino.
no miren hacia atrás.
Ya no estoy en el suelo como antes,
me cansé de lamer las piedras
y de rayar el amor en su morfología.
A las mujeres que parecían damas
pero resultaron ser putonas:
hace 11 meses me sometí
a unos exámenes de laboratorio
y la ciencia determinó
que no tenía VIH
ni de esas enfermedades de términos complicados.
A la humedad de mi rostro:
quiero una brisa
que me reintegre.
A los caminos que nunca fueron míos:
yo no quise quedarme allí:
“no respires Lucena, no sientas,
no te expreses, no camines
aunque tus pies apunten
hacia la libertad del alma.
A los que se desaparecen durante mis batallas:
Ellos no saben ni sabrán
nunca a qué sabe un silencio.
Ellos nunca caminaran varios kilómetros
para chuparse dieciséis cañas de azúcar
y posteriormente llorar la sangre
que destila el sol.
A ellos el hambre
no les ha mordido la voluntad
ni han amado tanto una arepa
de maíz rellena con tomates.
A los que me envidian,
si es que alguien me envidia debe saber lo siguiente:
Guerra económica en Venezuela,
siglo XXI,
año 16.
Mis axilas están pegajosas,
todo mi cuerpo es pegajoso,
y no creo que exista una Eva
dispuesta a morder mí fruto.
Aquí hay muchos semerucos
alrededor de mi cama.
A los burgueses sifrinos- o pobres, alienados y sifrinos
que juegan a ser parte de la izquierda revolucionaria:
Ustedes, sus liturgias de seudos-intelectuales…
lucubraciones siempre inmersas en plazas
y sus paraísos de cemento.
Su cielo, su llovizna de whisky
y sus poses bobas cuando se determinan
a beber cocui.
Ustedes: sus constantes peticiones de hojas verdes,
su amor sin condición a la institucionalidad.
Sus paseos por Europa.
Sus acentos y gesticulaciones de niños toñecos.
Ustedes, productores de la metástasis.
A mis estudiantes:
Cuando mañana por idiotez circunstancial pretendan odiar al pobre.
No olviden que su profesor fue y será siempre un campesino.