Benjamín León
Poeta recién llegado
[center:7893ffd802]Amo a una mujer con fuego y con dolor.
Su voz pinta rosada la aurora cuando llega.
En su mirada, vivo la desnudez de un niño
y su boca es el beso de la tarde escondida.
Yo la amo, aunque se oculte su cintura a lo lejos
y otra noche cobije su abrazo y no mi rostro.
Yo la amo, pero ocurre, que otro apellido vuela
cuando aún mi reciente nombre llora sus manos
y su vientre se vuelve nave de un mar intenso,
donde su blanco traje se mancha de otra sal
porque todo mi amor es noche y vida oculta,
constante de un olvido por su cama de arenas.
En ese mismo instante dejo de ser su nido
y cedo, como el mundo bajo el ayer del sol,
cayendo en actitud distante por esa fiesta
en que su amor está vestido de otros ojos,
en el momento sordo, de cruces y de vértebras,
cuando todo el dolor es un niño al venir
que su vientre conduce mientras mi fruto muere,
entre aquellos gemidos y sus labios que nunca
serán mi despertar sobre el jadeante azul.
La amo, como no amarla si de su boca vivo,
si de su pecho bebo toda esta savia triste,
aquel dulce licor que me verá morir
cuando las estaciones ocultando el crepúsculo
dirán que de su amor, sólo fui aquella esquina
que una fría mañana jamás recordará.
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Su voz pinta rosada la aurora cuando llega.
En su mirada, vivo la desnudez de un niño
y su boca es el beso de la tarde escondida.
Yo la amo, aunque se oculte su cintura a lo lejos
y otra noche cobije su abrazo y no mi rostro.
Yo la amo, pero ocurre, que otro apellido vuela
cuando aún mi reciente nombre llora sus manos
y su vientre se vuelve nave de un mar intenso,
donde su blanco traje se mancha de otra sal
porque todo mi amor es noche y vida oculta,
constante de un olvido por su cama de arenas.
En ese mismo instante dejo de ser su nido
y cedo, como el mundo bajo el ayer del sol,
cayendo en actitud distante por esa fiesta
en que su amor está vestido de otros ojos,
en el momento sordo, de cruces y de vértebras,
cuando todo el dolor es un niño al venir
que su vientre conduce mientras mi fruto muere,
entre aquellos gemidos y sus labios que nunca
serán mi despertar sobre el jadeante azul.
La amo, como no amarla si de su boca vivo,
si de su pecho bebo toda esta savia triste,
aquel dulce licor que me verá morir
cuando las estaciones ocultando el crepúsculo
dirán que de su amor, sólo fui aquella esquina
que una fría mañana jamás recordará.
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