A UNA MUJER MALTRATADA.
Desde su grávida arquitectura, raíz o pálpito,
la lágrima recorre la profanada mejilla,
aquella que mi mano acariciara,
ahora territorio ausente de las águilas
de sangre cálida.
Repta con sus ineficaces brillos hasta el labio
en dolorosa búsqueda de tierra fértil,
y allí descansa.
Parvo camino hasta el rojizo calvario, gota esquiva,
diamantina geometría resuelta en nada.
Ese labio donde duermes, como herida de alfanje
mal cerrada, es mi dominio,
carne granada y sagrada,
alquimia de sangre y nácar.
La luz inexorable, apoteosis lustral de la palabra,
te requiere, lágrima o piedra, nacida de otra luz
que la palabra transmuta y apaga.
Mis manos, pavoroso hipogeo donde duermen mis caricias,
traen alas, pétalos acerados, entrañas desentrañadas;
los arduos tendones rústicos donde se enhebran mis huesos
han hecho brotar esa lágrima que ahora muere
entre tus labios, alquimia de sangre y nácar.
Labios como nubes deshojadas
como fuentes que no cantan,
como ese estanque yermo,
del que nace una tosca estatua:
no bebáis la amarga lágrima.
Me pertenece.
Soy el dueño ineludible del dolor y del deseo,
en mí el trueno y la ola, los límites y el furor,
soy un panteón pagano y las jerarquías angélicas,
el centauro taumatúrgico
que convierte la caricia en lágrima.
Soy el hombre, esa alimaña.
Desde su grávida arquitectura, raíz o pálpito,
la lágrima recorre la profanada mejilla,
aquella que mi mano acariciara,
ahora territorio ausente de las águilas
de sangre cálida.
Repta con sus ineficaces brillos hasta el labio
en dolorosa búsqueda de tierra fértil,
y allí descansa.
Parvo camino hasta el rojizo calvario, gota esquiva,
diamantina geometría resuelta en nada.
Ese labio donde duermes, como herida de alfanje
mal cerrada, es mi dominio,
carne granada y sagrada,
alquimia de sangre y nácar.
La luz inexorable, apoteosis lustral de la palabra,
te requiere, lágrima o piedra, nacida de otra luz
que la palabra transmuta y apaga.
Mis manos, pavoroso hipogeo donde duermen mis caricias,
traen alas, pétalos acerados, entrañas desentrañadas;
los arduos tendones rústicos donde se enhebran mis huesos
han hecho brotar esa lágrima que ahora muere
entre tus labios, alquimia de sangre y nácar.
Labios como nubes deshojadas
como fuentes que no cantan,
como ese estanque yermo,
del que nace una tosca estatua:
no bebáis la amarga lágrima.
Me pertenece.
Soy el dueño ineludible del dolor y del deseo,
en mí el trueno y la ola, los límites y el furor,
soy un panteón pagano y las jerarquías angélicas,
el centauro taumatúrgico
que convierte la caricia en lágrima.
Soy el hombre, esa alimaña.