Vecina,
usted ni se imagina
-o tal vez sí-
lo mucho que a mí me gusta verla
cuando está en la cocina.
Agarra los huevos con tal delicadeza
y prueba cada cosa con tal gusto
que eso de que usted no use pantaletas
queda relegado.
Sin embargo,
de solo imaginarlo, vecina,
me sobran los deseos de asomarme
por la puertecilla por donde sale el perro
y observar a mi antojo
todo el tesoro que usted guarda
entre sus piernas.
Vecina,
usted ni se imagina
-o tal vez sí-
porque cuando usted me mira
hay un no sé qué
que me hace temblar.
Pierdo de inmediato
la noción de espacio y tiempo y caigo
en el sopor que me produce
contemplarla.
Vecina,
usted es tan linda
que ya hasta en sueños se le ve
y de repente
cuando al despertar
en los brazos
de otra piel me encuentro
y le hago el amor
y me dice
que qué rico estoy
pienso en las mieles de mi vecina
y agradecido
por aquello de que no use pantaletas
me dejo caer en el abismo
de su cuerpo
y arremeto
con más ímpetu y ganas
que un adolescente
en su primera vez
Vecina,
usted ni se imagina
-o tal vez sí-