Tomasa
Poeta recién llegado
Por lo menos leíamos algo,
se escuchaban historias de todo tipo,
era un lugar tranquilo,
con cafetería,
la asistencia era gratis
y repartían chocolatinas,
cosas así.
Era una tribu heterogénea,
desde gente más cocida
que un mejillón
hasta culturistas,
pasando por macarras,
abuelas,
policías,
empresarios
picateclas,
gacetilleros,
picapleitos,
sacamuelas
muchos camareros,
veteranos de guerra,
gente con los días contados,
de todo,
también hermosas mujeres.
Algunos, bastantes,
estaban obligados
a escuchar la turra
o darla
por mandato judicial.
A mí me relajaba
porque así no tenía que comerme
el marrón de estar en casa
y además bebía menos
y me concentraba mejor
en mis chorradas.
Daban unas fichas
como galletitas con aplauso
por objetivos cumplidos,
y a los que llevaban 18 meses,
los solían celebrar con ringorrango.
Era un mecanismo que aquellos individuos
habían configurado para llegar
al tema de Dios
por la puerta de atrás,
sin que nadie los viera,
como de incógnitos.
Atrapaban nuevos borrachos
igual que quien usa un cazamariposas
por la taberna del fin del mundo.
Tenían una tradición de doce pasos
o sacramentos administrados
por mentores,
que eran los sacerdotes
del dique seco.
Los mentores también tenían sus mentores
y estos, a su vez, más mentores;
era una cadena de gente
vinculada por una negación,
el no a esa bestia que habitaba
en sus corazones beodos.
Una comunidad de almas
avasalladas y unidas
frente a la misma amenaza;
portadores de un demonio
o enfermedad que les decía,
(pérfida, insidiosa, mendaz)
que, en realidad, ellos
no estaban enfermos.
Eran bastante dramáticos,
en algunos casos no era para menos,
pero a mí la abstinencia
no me interesaba,
yo quería alcanzar la maestría;
tampoco confundía enfermedad
con adicción,
lo que automáticamente
me condenaba a ser
un hereje.
No creo en cerrar los ojos
cuando llega el demonio a visitarnos;
el demonio es paciente
y sabe esperar
a la vuelta de la esquina,
detrás del más mínimo traspiés.
Prefiero ofrecerle mi tributo
de sombra,
honrar su horror,
dejarle echar
su canita al aire
de vez en cuando;
lo demás es atrincherarse
en unos dogmas
que algún día caerán
como un castillo de naipes.
No hay mejor psicólogo
que el exceso ocasional.
se escuchaban historias de todo tipo,
era un lugar tranquilo,
con cafetería,
la asistencia era gratis
y repartían chocolatinas,
cosas así.
Era una tribu heterogénea,
desde gente más cocida
que un mejillón
hasta culturistas,
pasando por macarras,
abuelas,
policías,
empresarios
picateclas,
gacetilleros,
picapleitos,
sacamuelas
muchos camareros,
veteranos de guerra,
gente con los días contados,
de todo,
también hermosas mujeres.
Algunos, bastantes,
estaban obligados
a escuchar la turra
o darla
por mandato judicial.
A mí me relajaba
porque así no tenía que comerme
el marrón de estar en casa
y además bebía menos
y me concentraba mejor
en mis chorradas.
Daban unas fichas
como galletitas con aplauso
por objetivos cumplidos,
y a los que llevaban 18 meses,
los solían celebrar con ringorrango.
Era un mecanismo que aquellos individuos
habían configurado para llegar
al tema de Dios
por la puerta de atrás,
sin que nadie los viera,
como de incógnitos.
Atrapaban nuevos borrachos
igual que quien usa un cazamariposas
por la taberna del fin del mundo.
Tenían una tradición de doce pasos
o sacramentos administrados
por mentores,
que eran los sacerdotes
del dique seco.
Los mentores también tenían sus mentores
y estos, a su vez, más mentores;
era una cadena de gente
vinculada por una negación,
el no a esa bestia que habitaba
en sus corazones beodos.
Una comunidad de almas
avasalladas y unidas
frente a la misma amenaza;
portadores de un demonio
o enfermedad que les decía,
(pérfida, insidiosa, mendaz)
que, en realidad, ellos
no estaban enfermos.
Eran bastante dramáticos,
en algunos casos no era para menos,
pero a mí la abstinencia
no me interesaba,
yo quería alcanzar la maestría;
tampoco confundía enfermedad
con adicción,
lo que automáticamente
me condenaba a ser
un hereje.
No creo en cerrar los ojos
cuando llega el demonio a visitarnos;
el demonio es paciente
y sabe esperar
a la vuelta de la esquina,
detrás del más mínimo traspiés.
Prefiero ofrecerle mi tributo
de sombra,
honrar su horror,
dejarle echar
su canita al aire
de vez en cuando;
lo demás es atrincherarse
en unos dogmas
que algún día caerán
como un castillo de naipes.
No hay mejor psicólogo
que el exceso ocasional.
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