ABELARD AMAT
España, Año del Señor de 1.645. En el camino real que une la Ciudad de Zaragoza con la capital del Reino, Madrid. Sobre las parameras de Soria, a la altura de la población de Medinaceli, sede del Señorío Ducal de Medinaceli, famosa por sus casas-palacio blasonadas, refugio de nobles y espíritus elevados que huyen del mundanal ruido confiando que, desde aquellas alturas y a través del límpido cielo castellano, estén más cerca de Dios; allí, en aquellos silencios que eran fondo y mar de los ruidos apacibles de la Meseta -los balidos de las ovejas, el paso cansino de las recuas y algún alborotado rodar de las diligencias que unían las ciudades y pueblos más importantes de aquel Real Camino, desde Barcelona hasta Madrid, la nueva capital de aquellos depauperados y nobles reinos- se encuentra una antigua venta, que estuvo regentada por un payés catalán, el cual payés, huyendo de las guerras y pestes que asolaron las tierras catalanas desde la “Revuelta de los Segadores”, en aquel infausto Corpus de Sangre de 1.640, eligió ese punto del camino para establecer un nuevo negocio, el de ventero, del que desconocía todo, salvo lo que pudo aprender como mozo de mulas en su tierra natal de Lérida.
Abelard Amat; así se llamaba nuestro personaje, el payés convertido en un recio y simpático hostelero. Abelard es, efectivamente, joven y fuerte y su simpatía le hace granjearse pronto buenos y fieles amigos. Contra el estereotipo que en Castilla se tiene sobre el carácter egoísta y huraño del catalán, Abelard anteponía su carácter abierto, jocoso incluso, compartiendo mesa y mantel con sus huéspedes, ayudando incluso al desvalido. Él conocía de sobras la dureza de los tiempos, pues hizo su particular peregrinaje desde Lérida hasta Medinaceli en duras jornadas a pie, alimentándose con lo que podía ganar ayudando a los campesinos, mendigando alguna vez en los tornos de los conventos, abundantes en la época. Sólo su complexión robusta y su optimismo le permitieron llegar sin desánimo al punto en el cual el Destino le había reservado su lugar bajo el sol. A veces pensó en tomar el servicio de las armas; las guerras en Europa, con la vecina Francia, o la aventura americana eran un aliciente para ello. Pero su natural pacífico y el respeto innato que sentía por sus prójimos
le hacían repudiar tan violento y arriesgado porvenir.
Casualmente, en aquella venta, encontró Abelard una especie de nuevos e inesperados padres. Entró pidiendo un mendrugo de pan y algo de agua, a cambio de su fuerza y su habilidad. Eran los dueños de la venta un matrimonio ya de edad, a quienes la guerra y la peste habían llevado de esta vida los dos hijos que tuvieron; el mayor tendría ahora la edad del viajero Abelard. Una suerte de iluminación hizo pensar a los ancianos en la posibilidad de que Dios hubiese atendido sus ruegos y les hubiese enviado la ayuda que les era tan necesaria para acabar dignamente sus vidas, ya tan agotadas por las vicisitudes y las penas. Decidieron probar con aquel joven que la Providencia puso en su camino (o mejor sería decir a la inversa: que les puso a ellos en el camino de aquel joven catalán.) Y como conviene al buen discurrir de esta historia y porque el carácter de los tres personajes era noble y generoso, Abelard Amat, que entró pidiendo caridad en aquella venta, acabó siendo su dueño, en calidad de hijo adoptivo y heredero universal de los buenos ancianos que lo acogieron.
Pasaron los años y el buen hacer del catalán, la abundancia de sus yantares y su simpatía y franqueza en el trato con los viajeros hizo que pronto la fama de aquella venta se extendiese entre los acemileros y gentes del camino, que procuraban hacer un alto en aquel paraje, al que la industria y laboriosidad de Abelard habían transformado en un lugar acogedor. De los vecinos monjes del Monasterio de Santa María de Huerta, a pocas leguas de su venta, Abelard aprendió ciertas artes culinarias y los rudimentos de curas y emplastes con los que procuraba aliviar los frecuentes problemas sanitarios con los que llegaban los huéspedes.
Pero los tiempos seguían cada vez más duros; las alcábalas y los impuestos que el Rey y los nobles castellanos imponían a sus súbditos eran muy onerosos. El Imperio era un voraz e insaciable devorador de oro y las arcas de aquella aristocracia se vaciaban con presteza. Aunque procuró ajustar sus gastos y hacer todas las economías que pudo, en detrimento de la calidad de sus servicios, lo que le acarreó no pocos conflictos con sus clientes, avisados de la espléndida índole de los servicios de la “Venta del Catalán”, como había dado en llamarse, las deudas fueron acumulándose. Los prestamistas judíos endurecieron grandemente las condiciones de sus préstamos. Finalmente, apareció la peste negra que ya estaba diezmando gran parte del país. Abelard había ido aumentando en años, lo cual unido a la vida tranquila y sedentaria que el trabajo en la venta le había permitido en aquellos años de ventura, le hizo perder parte de su natural entusiasmo y energías. Pensó que el final había llegado.
Por edad y convicciones la opción de enrolarse en los Tercios ya no era válida. Madrid, que era la cloaca de los reinos, no le ofrecía ningún atractivo. Mucho menos Sevilla, a pesar de todo el oro que llegaba de las Américas. Las Américas; conocía muchas historias que narraban los viajeros al amor de los fuegos invernales sobre gentes que se habían arriesgado a cruzar la mar océana. De muchos no se se supo nunca nada más; murieron o no regresaron. De otros se contaban maravillas; volvieron acaudalados señores, algunos hasta con blasones nobiliarios. Por otra parte las deudas aumentaban y los usureros judíos le apremiaban para los pagos. La venta languidecía de sus esplendores; apenas llegaban viajeros y de ellos algunos se marchaban sin pagar. El pillaje y la ruindad eran frecuentes. Ni la Santa Hermandad, con sus alféreces corrompidos y mal pagados, podía restablecer un orden que estaba disolviéndose en anarquía.
Abelard acudió a sus amigos los monjes de Santa María en busca de consejo y ayuda. Los buenos frailes, que también estaban sufriendo la apretura de los tiempos, le aconsejaron la marcha a América. Aún era joven, apenas cincuenta años, bien conservado; con su simpatía y don de gentes no le sería difícil encontrar acomodo en aquellas tierras nuevas. Siempre que estuviese ojo avizor permanentemente. Por su carácter abierto podía ser presa fácil de aventureros poco escrupulosos. Tampoco era hombre de espadas y, ese terreno, normalmente llevaría las de perder.
Así que después de entregar sus enseres y propiedades a los judíos usureros para cancelar sus deudas, a lo que accedieron éstos refunfuñando y con perversas miradas, hizo su hatillo y emprendió, ahora él, el viaje por las ventas y posadas de aquel largo camino. América era su destino. De sus privaciones y penalidades hasta llegar al Nuevo Mundo la extensión de este relato no nos permitirá extendernos; sólo quienes estábamos interesados en su vida y sus andanzas llegamos a comprobar, suponiéndolo, que allí encontró fortuna, que vivió y murió en una lejana tierra que para muchos era más España y que fue feliz. Por la dorada California, por la noble ciudad de Monterrey y otros novedosos lugares encontramos huellas de su paso, del paso de un industrioso catalán que fue creando riqueza: “Rancho Amat”, “Amat Stores”, “Licores Amat, tequilas y pulques” y un sinnúmero de establecimientos con el marchamo de aquel apellido catalán, de Lérida, que aún perduran.
No se si nuestros actuales gobernantes, de natural cicateros y envidiosos, estarían orgullosos de aquel precursor de emprendedores que hizo Marca España “avant la lettre”. Pero Abelard Amat nunca se sintió orgulloso de aquella patria, España, que le negó el pan y la casa arrojándolo al exilio. Los tiempos no han cambiado.
España, Año del Señor de 1.645. En el camino real que une la Ciudad de Zaragoza con la capital del Reino, Madrid. Sobre las parameras de Soria, a la altura de la población de Medinaceli, sede del Señorío Ducal de Medinaceli, famosa por sus casas-palacio blasonadas, refugio de nobles y espíritus elevados que huyen del mundanal ruido confiando que, desde aquellas alturas y a través del límpido cielo castellano, estén más cerca de Dios; allí, en aquellos silencios que eran fondo y mar de los ruidos apacibles de la Meseta -los balidos de las ovejas, el paso cansino de las recuas y algún alborotado rodar de las diligencias que unían las ciudades y pueblos más importantes de aquel Real Camino, desde Barcelona hasta Madrid, la nueva capital de aquellos depauperados y nobles reinos- se encuentra una antigua venta, que estuvo regentada por un payés catalán, el cual payés, huyendo de las guerras y pestes que asolaron las tierras catalanas desde la “Revuelta de los Segadores”, en aquel infausto Corpus de Sangre de 1.640, eligió ese punto del camino para establecer un nuevo negocio, el de ventero, del que desconocía todo, salvo lo que pudo aprender como mozo de mulas en su tierra natal de Lérida.
Abelard Amat; así se llamaba nuestro personaje, el payés convertido en un recio y simpático hostelero. Abelard es, efectivamente, joven y fuerte y su simpatía le hace granjearse pronto buenos y fieles amigos. Contra el estereotipo que en Castilla se tiene sobre el carácter egoísta y huraño del catalán, Abelard anteponía su carácter abierto, jocoso incluso, compartiendo mesa y mantel con sus huéspedes, ayudando incluso al desvalido. Él conocía de sobras la dureza de los tiempos, pues hizo su particular peregrinaje desde Lérida hasta Medinaceli en duras jornadas a pie, alimentándose con lo que podía ganar ayudando a los campesinos, mendigando alguna vez en los tornos de los conventos, abundantes en la época. Sólo su complexión robusta y su optimismo le permitieron llegar sin desánimo al punto en el cual el Destino le había reservado su lugar bajo el sol. A veces pensó en tomar el servicio de las armas; las guerras en Europa, con la vecina Francia, o la aventura americana eran un aliciente para ello. Pero su natural pacífico y el respeto innato que sentía por sus prójimos
le hacían repudiar tan violento y arriesgado porvenir.
Casualmente, en aquella venta, encontró Abelard una especie de nuevos e inesperados padres. Entró pidiendo un mendrugo de pan y algo de agua, a cambio de su fuerza y su habilidad. Eran los dueños de la venta un matrimonio ya de edad, a quienes la guerra y la peste habían llevado de esta vida los dos hijos que tuvieron; el mayor tendría ahora la edad del viajero Abelard. Una suerte de iluminación hizo pensar a los ancianos en la posibilidad de que Dios hubiese atendido sus ruegos y les hubiese enviado la ayuda que les era tan necesaria para acabar dignamente sus vidas, ya tan agotadas por las vicisitudes y las penas. Decidieron probar con aquel joven que la Providencia puso en su camino (o mejor sería decir a la inversa: que les puso a ellos en el camino de aquel joven catalán.) Y como conviene al buen discurrir de esta historia y porque el carácter de los tres personajes era noble y generoso, Abelard Amat, que entró pidiendo caridad en aquella venta, acabó siendo su dueño, en calidad de hijo adoptivo y heredero universal de los buenos ancianos que lo acogieron.
Pasaron los años y el buen hacer del catalán, la abundancia de sus yantares y su simpatía y franqueza en el trato con los viajeros hizo que pronto la fama de aquella venta se extendiese entre los acemileros y gentes del camino, que procuraban hacer un alto en aquel paraje, al que la industria y laboriosidad de Abelard habían transformado en un lugar acogedor. De los vecinos monjes del Monasterio de Santa María de Huerta, a pocas leguas de su venta, Abelard aprendió ciertas artes culinarias y los rudimentos de curas y emplastes con los que procuraba aliviar los frecuentes problemas sanitarios con los que llegaban los huéspedes.
Pero los tiempos seguían cada vez más duros; las alcábalas y los impuestos que el Rey y los nobles castellanos imponían a sus súbditos eran muy onerosos. El Imperio era un voraz e insaciable devorador de oro y las arcas de aquella aristocracia se vaciaban con presteza. Aunque procuró ajustar sus gastos y hacer todas las economías que pudo, en detrimento de la calidad de sus servicios, lo que le acarreó no pocos conflictos con sus clientes, avisados de la espléndida índole de los servicios de la “Venta del Catalán”, como había dado en llamarse, las deudas fueron acumulándose. Los prestamistas judíos endurecieron grandemente las condiciones de sus préstamos. Finalmente, apareció la peste negra que ya estaba diezmando gran parte del país. Abelard había ido aumentando en años, lo cual unido a la vida tranquila y sedentaria que el trabajo en la venta le había permitido en aquellos años de ventura, le hizo perder parte de su natural entusiasmo y energías. Pensó que el final había llegado.
Por edad y convicciones la opción de enrolarse en los Tercios ya no era válida. Madrid, que era la cloaca de los reinos, no le ofrecía ningún atractivo. Mucho menos Sevilla, a pesar de todo el oro que llegaba de las Américas. Las Américas; conocía muchas historias que narraban los viajeros al amor de los fuegos invernales sobre gentes que se habían arriesgado a cruzar la mar océana. De muchos no se se supo nunca nada más; murieron o no regresaron. De otros se contaban maravillas; volvieron acaudalados señores, algunos hasta con blasones nobiliarios. Por otra parte las deudas aumentaban y los usureros judíos le apremiaban para los pagos. La venta languidecía de sus esplendores; apenas llegaban viajeros y de ellos algunos se marchaban sin pagar. El pillaje y la ruindad eran frecuentes. Ni la Santa Hermandad, con sus alféreces corrompidos y mal pagados, podía restablecer un orden que estaba disolviéndose en anarquía.
Abelard acudió a sus amigos los monjes de Santa María en busca de consejo y ayuda. Los buenos frailes, que también estaban sufriendo la apretura de los tiempos, le aconsejaron la marcha a América. Aún era joven, apenas cincuenta años, bien conservado; con su simpatía y don de gentes no le sería difícil encontrar acomodo en aquellas tierras nuevas. Siempre que estuviese ojo avizor permanentemente. Por su carácter abierto podía ser presa fácil de aventureros poco escrupulosos. Tampoco era hombre de espadas y, ese terreno, normalmente llevaría las de perder.
Así que después de entregar sus enseres y propiedades a los judíos usureros para cancelar sus deudas, a lo que accedieron éstos refunfuñando y con perversas miradas, hizo su hatillo y emprendió, ahora él, el viaje por las ventas y posadas de aquel largo camino. América era su destino. De sus privaciones y penalidades hasta llegar al Nuevo Mundo la extensión de este relato no nos permitirá extendernos; sólo quienes estábamos interesados en su vida y sus andanzas llegamos a comprobar, suponiéndolo, que allí encontró fortuna, que vivió y murió en una lejana tierra que para muchos era más España y que fue feliz. Por la dorada California, por la noble ciudad de Monterrey y otros novedosos lugares encontramos huellas de su paso, del paso de un industrioso catalán que fue creando riqueza: “Rancho Amat”, “Amat Stores”, “Licores Amat, tequilas y pulques” y un sinnúmero de establecimientos con el marchamo de aquel apellido catalán, de Lérida, que aún perduran.
No se si nuestros actuales gobernantes, de natural cicateros y envidiosos, estarían orgullosos de aquel precursor de emprendedores que hizo Marca España “avant la lettre”. Pero Abelard Amat nunca se sintió orgulloso de aquella patria, España, que le negó el pan y la casa arrojándolo al exilio. Los tiempos no han cambiado.