Aborto
Ciega deambula la pregunta doliente,
en silencio agita, humedece, añora,
pálida y rauda, encara aquélla vertiente
adonde ella, con su tez bella reposa.
Despunta una respuesta hacia el poniente,
desborda líquida, rompe y se derrama,
él siempre recuerda esa trama ardiente
de la que raudos huyeron sin proclama.
Para sus locos mundos crearon muralla,
crearon sus tragedias, alejándose ganan,
él lloró el aborto que marcó una raya,
y triste, ella lloró destinos que fallan.
Cuando él cayó del cuarto imaginado,
la puerta clausuró tras de su marcha,
por insalvable dejó atrás todo pasado,
cual abismo inmaculado ya sin tacha.
Fulmina la duda e inquiere creciente,
¿Existe culpable de este gran fracaso?
¿Existe respuesta, luna decreciente?
Existe el silencio que cubre al ocaso.
Dos éramos cuando quisimos darnos,
fracasamos dos cuando nos dañamos,
dos en esos días que nos engañamos
y dos que peleamos hasta lastimarnos.
Cayeron los anhelos en fosa común,
todo se ahogaba en nidos de serpientes
acabose el color de la identidad común,
y a partir del hecho, fuimos dos vertientes.
Vertientes lejanas que no buscan verse,
opuestas vertientes que solo se extrañan,
que solo se añoran, más no deben verse,
porque al acercarse recuerdan y dañan.
Y si huye poco a poco la melancolía,
toda no se ha ido, no en definitivo,
porque nuestro adiós es como castigo,
la prolongación de nuestra agonía.
Ciega deambula la pregunta doliente,
en silencio agita, humedece, añora,
pálida y rauda, encara aquélla vertiente
adonde ella, con su tez bella reposa.
Despunta una respuesta hacia el poniente,
desborda líquida, rompe y se derrama,
él siempre recuerda esa trama ardiente
de la que raudos huyeron sin proclama.
Para sus locos mundos crearon muralla,
crearon sus tragedias, alejándose ganan,
él lloró el aborto que marcó una raya,
y triste, ella lloró destinos que fallan.
Cuando él cayó del cuarto imaginado,
la puerta clausuró tras de su marcha,
por insalvable dejó atrás todo pasado,
cual abismo inmaculado ya sin tacha.
Fulmina la duda e inquiere creciente,
¿Existe culpable de este gran fracaso?
¿Existe respuesta, luna decreciente?
Existe el silencio que cubre al ocaso.
Dos éramos cuando quisimos darnos,
fracasamos dos cuando nos dañamos,
dos en esos días que nos engañamos
y dos que peleamos hasta lastimarnos.
Cayeron los anhelos en fosa común,
todo se ahogaba en nidos de serpientes
acabose el color de la identidad común,
y a partir del hecho, fuimos dos vertientes.
Vertientes lejanas que no buscan verse,
opuestas vertientes que solo se extrañan,
que solo se añoran, más no deben verse,
porque al acercarse recuerdan y dañan.
Y si huye poco a poco la melancolía,
toda no se ha ido, no en definitivo,
porque nuestro adiós es como castigo,
la prolongación de nuestra agonía.
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