I
Robé aquella herida con sal de los rizos
de su cabello.
Derrotada la Esfinge, saludan los erizos,
y el camello.
Ninguna estrella azul y verde fue hecha
sillón
y la mina me regaló, por mirón,
la flecha,
pues no fuí imán para el meteorito,
un mito.
Al verlo arder
comer,
vendí mis ojos
locos.
Masajeando mi pecho,
resistí,
y con tanto azufre
crecí.
Musculado, con más memoria
y carismático,
rellené la esfera de chicoria,
maniático.
Robé aquella herida con sal de los rizos
de su cabello.
Derrotada la Esfinge, saludan los erizos,
y el camello.
Ninguna estrella azul y verde fue hecha
sillón
y la mina me regaló, por mirón,
la flecha,
pues no fuí imán para el meteorito,
un mito.
Al verlo arder
comer,
vendí mis ojos
locos.
Masajeando mi pecho,
resistí,
y con tanto azufre
crecí.
Musculado, con más memoria
y carismático,
rellené la esfera de chicoria,
maniático.