Évano
Libre, sin dioses.
Acabas cansado de oír hablar en alto
en la biblioteca o en la mesa contigua
de la terraza de turno donde tomas café.
Cada día, bibliotecaria y camareros tienen que explicar
a los mismos idiotas con otros vestidos,
lo mismo.
Lo curioso es que, la inmensa mayoría se enoja.
Es un mundo de idiotas egocéntricos,
estúpidos animales que aprendieron a hablar
para callar a las bocas que deben dirigir,
para silenciar a las lenguas guardadas que leen
e intentan aprender todo lo posible
para poder mejorar a este mundo.
Y eso que saben, esos lúcidos callados,
de la imposibilidad de la tarea,
pues los voceros jamás aprenden
y se multiplican como los panes y los peces
mientras el que piensa y calla se pregunta
por qué diablos se le ocurrió a alguien
decir eso de creced y multiplicaos.
Los animales deberían haberse buscado un dios,
y yo debería leer los libros en casa
y tomar el café en la cocina o,
ahora que es verano, en eso que llamo jardín.
Saldría más barato y no me cabrearía.
Acabas cansado de intentar arreglar el mundo,
los callados acaban cansados de intentar arreglar el mundo.
Las voces con el tiempo son más altas,
las voces altas hacen efecto en los idiotas voceros,
y, en estos,
va creciendo la violencia hasta que
inevitablemente
deben demostrar quién es el que habla más alto.
Por ello, toda sociedad acaba en dictadura.
Puede ser clara: si gritas te mato;
o de aquellas que te dejan gritar todo lo que quieras
porque te apartan y no te hacen ni puto caso
—para eso nos han regalado el ordenador o móvil de turno—,
son aquellas que dejan gritar por ti a un parlamentario inútil,
da igual, del partido que elijas,
como es igual el parlamento que elijas;
los buenos están atados jurídicamente,
tan bien atados al puerto que importa
que ni todos los juristas podrían
mover en cuatro años de mandato un ápice
el cabo que une al barco de los callados al puerto
donde rebosan y van cayendo al mar los gritones.
El mundo es lugar de gritones y callados
cuando debería ser el lugar donde el silencio reine,
pues es el silencio el que deja escuchar
a las hojas de los álamos,
a los crujidos de la tierra,
a la lluvia,
al besar de las arenas y la resaca de los mares,
al volcán y los cánticos de las aves,
a los pasos de las ratas,
al reptar de las lombrices,
a los gritos del universo
y a todo aquello que nos indica cuál es el Camino.
Pero no te equivoques, casi todos los libros,
casi todo lo escrito grita tanto o más
que cualquier vocero idiota.
Elige bien la biblioteca donde lees
y la cafetería donde tomas café;
o quédate en casa leyendo tu parte de mundo
y los caminitos que conducen a ella.
Aunque para el caso es lo mismo,
pues la soledad hará que te revoques a ti mismo,
te hartará tanto que acabarás yendo a gritar
a la primera biblioteca y cafetería que encuentres,
o te hará saltar al mar desde el barco anclado al puerto que importa
para unirte al nado de los voceros idiotas.
De todas maneras, acabas cansado
para volver a empezar.
Es el problema de un animal egocéntrico
que ha aprendido a hablar para callar
al Mundo,
a la Tierra,
al Universo,
al Otro
y a sí mismo.
en la biblioteca o en la mesa contigua
de la terraza de turno donde tomas café.
Cada día, bibliotecaria y camareros tienen que explicar
a los mismos idiotas con otros vestidos,
lo mismo.
Lo curioso es que, la inmensa mayoría se enoja.
Es un mundo de idiotas egocéntricos,
estúpidos animales que aprendieron a hablar
para callar a las bocas que deben dirigir,
para silenciar a las lenguas guardadas que leen
e intentan aprender todo lo posible
para poder mejorar a este mundo.
Y eso que saben, esos lúcidos callados,
de la imposibilidad de la tarea,
pues los voceros jamás aprenden
y se multiplican como los panes y los peces
mientras el que piensa y calla se pregunta
por qué diablos se le ocurrió a alguien
decir eso de creced y multiplicaos.
Los animales deberían haberse buscado un dios,
y yo debería leer los libros en casa
y tomar el café en la cocina o,
ahora que es verano, en eso que llamo jardín.
Saldría más barato y no me cabrearía.
Acabas cansado de intentar arreglar el mundo,
los callados acaban cansados de intentar arreglar el mundo.
Las voces con el tiempo son más altas,
las voces altas hacen efecto en los idiotas voceros,
y, en estos,
va creciendo la violencia hasta que
inevitablemente
deben demostrar quién es el que habla más alto.
Por ello, toda sociedad acaba en dictadura.
Puede ser clara: si gritas te mato;
o de aquellas que te dejan gritar todo lo que quieras
porque te apartan y no te hacen ni puto caso
—para eso nos han regalado el ordenador o móvil de turno—,
son aquellas que dejan gritar por ti a un parlamentario inútil,
da igual, del partido que elijas,
como es igual el parlamento que elijas;
los buenos están atados jurídicamente,
tan bien atados al puerto que importa
que ni todos los juristas podrían
mover en cuatro años de mandato un ápice
el cabo que une al barco de los callados al puerto
donde rebosan y van cayendo al mar los gritones.
El mundo es lugar de gritones y callados
cuando debería ser el lugar donde el silencio reine,
pues es el silencio el que deja escuchar
a las hojas de los álamos,
a los crujidos de la tierra,
a la lluvia,
al besar de las arenas y la resaca de los mares,
al volcán y los cánticos de las aves,
a los pasos de las ratas,
al reptar de las lombrices,
a los gritos del universo
y a todo aquello que nos indica cuál es el Camino.
Pero no te equivoques, casi todos los libros,
casi todo lo escrito grita tanto o más
que cualquier vocero idiota.
Elige bien la biblioteca donde lees
y la cafetería donde tomas café;
o quédate en casa leyendo tu parte de mundo
y los caminitos que conducen a ella.
Aunque para el caso es lo mismo,
pues la soledad hará que te revoques a ti mismo,
te hartará tanto que acabarás yendo a gritar
a la primera biblioteca y cafetería que encuentres,
o te hará saltar al mar desde el barco anclado al puerto que importa
para unirte al nado de los voceros idiotas.
De todas maneras, acabas cansado
para volver a empezar.
Es el problema de un animal egocéntrico
que ha aprendido a hablar para callar
al Mundo,
a la Tierra,
al Universo,
al Otro
y a sí mismo.