Aceptación

Enrique Romero

Poeta recién llegado
<Te veo, pero estás ausente>, me dices.
Escucha y no te alteres:
es de noche, mas no hay estrellas en el cielo gris.
En silencio, la luna se acongoja.
El frío y su reflejo sopla en la ciudad que se derrumba.
Poco a poco todo vuelve a su inicio oscuro,
al miedo del cual nacimos.
Es verdad. Tócame, no me lograrás sentir,
pareciera que el tiempo nos ha desvanecido.
Entonces, ¿hay alguna razón para quedarnos aquí?

No, no es como antaño, cuando mis ojos
se alimentaban de aquella misteriosa luz pálida
que escapaba de tus iris castaños,
entonces el mundo era de ti y de tus ojos,
entonces tu sentir florecía en mi pecho.
Ciertamente, la vida se reducía al tiempo
en el que mis labios tocaban los tuyos.
Sí, hubo aquel tiempo, cuando el amor pudo
derribar los muros y enaltecer los sueños,
y curar los dolores más profundos.

Ahora, es vano discutir sobre un recuerdo.
Hace tiempo fuimos cómplices de un pecado,
de un amor prohibido que cuidábamos
cual hoplitas renegados y obstinados.
Ahora, sin quererlo, somos sus asesinos.
Una pálida luz blanca emerge de la cumbre,
la noche se extingue junto al último bramido
de dos almas que se bifurcan como dos sombras
en una claridad infinita, la ciudad emerge
de las cenizas de un sueño que se ha ido.
 
<Te veo, pero estás ausente>, me dices.
Escucha y no te alteres:
es de noche, mas no hay estrellas en el cielo gris.
En silencio, la luna se acongoja.
El frío y su reflejo sopla en la ciudad que se derrumba.
Poco a poco todo vuelve a su inicio oscuro,
al miedo del cual nacimos.
Es verdad. Tócame, no me lograrás sentir,
pareciera que el tiempo nos ha desvanecido.
Entonces, ¿hay alguna razón para quedarnos aquí?

No, no es como antaño, cuando mis ojos
se alimentaban de aquella misteriosa luz pálida
que escapaba de tus iris castaños,
entonces el mundo era de ti y de tus ojos,
entonces tu sentir florecía en mi pecho.
Ciertamente, la vida se reducía al tiempo
en el que mis labios tocaban los tuyos.
Sí, hubo aquel tiempo, cuando el amor pudo
derribar los muros y enaltecer los sueños,
y curar los dolores más profundos.

Ahora, es vano discutir sobre un recuerdo.
Hace tiempo fuimos cómplices de un pecado,
de un amor prohibido que cuidábamos
cual hoplitas renegados y obstinados.
Ahora, sin quererlo, somos sus asesinos.
Una pálida luz blanca emerge de la cumbre,
la noche se extingue junto al último bramido
de dos almas que se bifurcan como dos sombras
en una claridad infinita, la ciudad emerge
de las cenizas de un sueño que se ha ido.
Bellas melancolía y nostalgia para un hermoso poema de ausencias. Un abrazo amigo Enrique. Paco.
 

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