Acto II (Introducción)
Quedan las rodillas destrozadas de
tanta plegaria enjuiciando miedos para
eximirme de este castigo de sed.
Las siluetas quedan desvencijadas
a la espalda de la noche que intenta
callada bordearme en esta fe sin dios,
en este santo sin nombre;
trato de mirarla, es bella,
pálida y ya su sed se sacia en
el vértigo de nuestra ausencia;
suele decirme: has que tu centro
de gravedad falle y
c
..a
.. e
exigua de miradas.
Ella me presta su cielo de fuego y yo me segmento
tratando de usurparme en el silencio, mientras el eco
hace combustión de santidad.
Su nombre ya no es nombre en esta tempestad
hecha frío, buscaba quemarse en la
hoguera de sus pies, amamantando
sueños de la nada;
Llega ella abrigada con un
cielo de fuego y sólo la veo
cruzando abismos.
cielo de fuego y sólo la veo
cruzando abismos.
Quedan las rodillas destrozadas de
tanta plegaria enjuiciando miedos para
eximirme de este castigo de sed.
Las siluetas quedan desvencijadas
a la espalda de la noche que intenta
callada bordearme en esta fe sin dios,
en este santo sin nombre;
trato de mirarla, es bella,
pálida y ya su sed se sacia en
el vértigo de nuestra ausencia;
suele decirme: has que tu centro
de gravedad falle y
c
..a
.. e
exigua de miradas.
Ella me presta su cielo de fuego y yo me segmento
tratando de usurparme en el silencio, mientras el eco
hace combustión de santidad.
Su nombre ya no es nombre en esta tempestad
hecha frío, buscaba quemarse en la
hoguera de sus pies, amamantando
sueños de la nada;
llegaba con su cara de angustia viajando
hacia los confines de la ausencia, derrame amniótico de su nacimiento vencido;
hacia los confines de la ausencia, derrame amniótico de su nacimiento vencido;
Y heme aquí hecha virgen esperando
un atajo nupcial en cada una de mis
oberturas
un atajo nupcial en cada una de mis
oberturas