kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
ADN
La luna está preciosa en esta madrugada de domingo.
Debe de estar acojonada
después de haber visto al virus humano
merodear tan cerquita
de su mejilla de alabastro.
Se preguntan los expertos
si habrá vida en su corteza de nácar.
Qué pregunta más rara…
Últimamente siento demasiado.
Y cuando digo demasiado,
lo digo porque todo me parece demasiado bello,
y demasiado triste
también.
Las flores secas de mi madre
están más vivas que nunca.
Pétalos de eternidad
que vibran dentro de mí
agitando sus cáscaras de ultramar.
El recuerdo es un camposanto de vivos.
Su haz de rosas secas, su sol de rosas vivas,
su olor a ropa seca, su olor a nana viva,
mi poemario seco en su mesilla viva,
sus flores vivas en mi pecho seco.
Hay algo que tiembla dentro de mí
a carne viva.
Una herencia ineludible.
Y en el silencio de esta madrugada,
en la que todo parece rodar calle abajo,
me atraviesa la certeza de que eso que llamamos ADN
es mucho más que ADN.
Es la herencia de dios. Es el lenguaje celestial.
Cuando no queremos decir DIOS decimos ADN.
Cuando no queremos decir ADN decimos DIOS.
Y alzo mi mirada de poeta hacia el cielo
tratando de encontrar respuestas
a preguntas que no soy capaz de formular.
Y me sumerjo en las trenzas de las trenzas de las trenzas
de mi brisa mitocondrial.
Y desde la orfandad de mi peldaño
me giro hacia atrás, como tantas otras veces,
para acariciar los pétalos secos de mis padres,
pero ya no están donde estaban.
Ahora los siento vibrar
como vibra la cuerda de una guitarra…
Y por primera vez contemplo mi escalera de voluta
que se pierde ante mí en un giro de fuga cegador.
Y bajo los escalones, de uno en uno,
avanzando hacia esa luz que pestañea
en las profundidades de mi ser.
A veces grito tímidamente «mamá»,
y mis pucheros reciben el murmullo de un temblor.
Y recorro una regresión espiral de banderas,
espadas, canciones, catedrales, incendios,
oraciones, lenguas, monedas, tribus, aves,
pieles, cuevas, bisontes, ríos, hielo, musgo,
algas, bacterias, charcas, lodos, fumarolas,
planetas, deflagraciones, soles, polvo,
luz, luz, luz,
destello.
Umbral.
Nada.
Y me siento en el último peldaño
columpiando mis piernas
en las profundidades de un espacio inmaculado
y sobre un tiempo que no tiene tiempo
con quien pasar el rato.
Se conocen desde nunca.
El espacio sin tiempo
es una profunda inspiración
que no termina de espirar,
y el tiempo sin espacio
es una especie de tratado
acerca de llegar sin haber salido.
Y es que una nada siempre fue nada
para otra nada,
aunque juntas pudiesen ser algo.
Y eso no significa que estas nadas no sufran
en su eterno letargo de soledad.
Claro que sufren; como nosotros…
No somos más que torpes nómadas de tibio corazón
vagando en esta eternidad que no cesa.
Y disfruto del milagroso instante
en el que los dos gametos celestiales
avanzan vacilantes el uno hacia el otro
con el instinto consciente
de saber que es ahora
o nunca.
¡El ADN es la NADA que decidió ser ALGO!
Y entrelazan sus cuerpos virginales
y estalla ante mí el milagro púrpura
de la primera célula.
El universo está vivo y enamorado.
¡Siempre ha estado vivo y dando vida!
Por eso nos cuenta tantas cosas.
El universo entero está dentro de nosotros,
¡y dentro de todo!,
replicándose a ritmo de blues
en nuevos universos
dentro del universo
de cada universo.
¡La nada heredó su poder del amor!
Eso es lo que tiembla dentro de nosotros: el amor.
Existir tal vez no sea otra cosa
que la oportunidad de poder amarnos.
Somos ondas y no materia.
La materia es una moneda manchada de sangre
que apuesta por nosotros
y siempre sale cruz.
Somos nadas que necesitamos otras nadas
para poder vibrar en paz.
¿Verdad, universo?
Y subo por la escalera con un ramo de flores vivas en el pecho,
dispuesto a vibrar,
dispuesto a ser algo y no nada,
como la cuerda de una guitarra
en el Café Libertad.
Andreas
Madrid, 27 de abril de 2026
La luna está preciosa en esta madrugada de domingo.
Debe de estar acojonada
después de haber visto al virus humano
merodear tan cerquita
de su mejilla de alabastro.
Se preguntan los expertos
si habrá vida en su corteza de nácar.
Qué pregunta más rara…
Últimamente siento demasiado.
Y cuando digo demasiado,
lo digo porque todo me parece demasiado bello,
y demasiado triste
también.
Las flores secas de mi madre
están más vivas que nunca.
Pétalos de eternidad
que vibran dentro de mí
agitando sus cáscaras de ultramar.
El recuerdo es un camposanto de vivos.
Su haz de rosas secas, su sol de rosas vivas,
su olor a ropa seca, su olor a nana viva,
mi poemario seco en su mesilla viva,
sus flores vivas en mi pecho seco.
Hay algo que tiembla dentro de mí
a carne viva.
Una herencia ineludible.
Y en el silencio de esta madrugada,
en la que todo parece rodar calle abajo,
me atraviesa la certeza de que eso que llamamos ADN
es mucho más que ADN.
Es la herencia de dios. Es el lenguaje celestial.
Cuando no queremos decir DIOS decimos ADN.
Cuando no queremos decir ADN decimos DIOS.
Y alzo mi mirada de poeta hacia el cielo
tratando de encontrar respuestas
a preguntas que no soy capaz de formular.
Y me sumerjo en las trenzas de las trenzas de las trenzas
de mi brisa mitocondrial.
Y desde la orfandad de mi peldaño
me giro hacia atrás, como tantas otras veces,
para acariciar los pétalos secos de mis padres,
pero ya no están donde estaban.
Ahora los siento vibrar
como vibra la cuerda de una guitarra…
Y por primera vez contemplo mi escalera de voluta
que se pierde ante mí en un giro de fuga cegador.
Y bajo los escalones, de uno en uno,
avanzando hacia esa luz que pestañea
en las profundidades de mi ser.
A veces grito tímidamente «mamá»,
y mis pucheros reciben el murmullo de un temblor.
Y recorro una regresión espiral de banderas,
espadas, canciones, catedrales, incendios,
oraciones, lenguas, monedas, tribus, aves,
pieles, cuevas, bisontes, ríos, hielo, musgo,
algas, bacterias, charcas, lodos, fumarolas,
planetas, deflagraciones, soles, polvo,
luz, luz, luz,
destello.
Umbral.
Nada.
Y me siento en el último peldaño
columpiando mis piernas
en las profundidades de un espacio inmaculado
y sobre un tiempo que no tiene tiempo
con quien pasar el rato.
Se conocen desde nunca.
El espacio sin tiempo
es una profunda inspiración
que no termina de espirar,
y el tiempo sin espacio
es una especie de tratado
acerca de llegar sin haber salido.
Y es que una nada siempre fue nada
para otra nada,
aunque juntas pudiesen ser algo.
Y eso no significa que estas nadas no sufran
en su eterno letargo de soledad.
Claro que sufren; como nosotros…
No somos más que torpes nómadas de tibio corazón
vagando en esta eternidad que no cesa.
Y disfruto del milagroso instante
en el que los dos gametos celestiales
avanzan vacilantes el uno hacia el otro
con el instinto consciente
de saber que es ahora
o nunca.
¡El ADN es la NADA que decidió ser ALGO!
Y entrelazan sus cuerpos virginales
y estalla ante mí el milagro púrpura
de la primera célula.
El universo está vivo y enamorado.
¡Siempre ha estado vivo y dando vida!
Por eso nos cuenta tantas cosas.
El universo entero está dentro de nosotros,
¡y dentro de todo!,
replicándose a ritmo de blues
en nuevos universos
dentro del universo
de cada universo.
¡La nada heredó su poder del amor!
Eso es lo que tiembla dentro de nosotros: el amor.
Existir tal vez no sea otra cosa
que la oportunidad de poder amarnos.
Somos ondas y no materia.
La materia es una moneda manchada de sangre
que apuesta por nosotros
y siempre sale cruz.
Somos nadas que necesitamos otras nadas
para poder vibrar en paz.
¿Verdad, universo?
Y subo por la escalera con un ramo de flores vivas en el pecho,
dispuesto a vibrar,
dispuesto a ser algo y no nada,
como la cuerda de una guitarra
en el Café Libertad.
Andreas
Madrid, 27 de abril de 2026
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