viento-azul
Poeta que considera el portal su segunda casa
No hay ascuas ni ceniza,
sólo lágrimas de infierno,
tan sutiles como espíritus
que el fuego dejó olvidados
en los ojos de quién lo moró
con la intención de regalar su alma.
De entregarla, sí, porque quemaba,
antes de que las noches
fueran días carbonizados.
Una dosis más,
para que el cuarteto apocalíptico
interprete o cabalgue esquizofrenias
en las venas de un invierno,
intensamente largo,
el que habita las entrañas
y cubre las miradas de bao,
mientras el cuerpo busca la tierra
para dormirse de miedo
y ensombrecerse sin memoria,
en nombre de todas las ausencias.
Ruge Maquiavelo a la flor del oído,
piel a piel con la ruina de huesos
que limita una médula inútil.
Y se disculpa la prisión inconmensurable
cuando se convierte en silencio.
Perdón por inventarse dioses,
por regalar albedríos al dolor,
por guardar frecuencias cardíacas
de quién no quiere seguir nadando,
por infringir leyes que no existen.
La ropa desvencijada desnuda una imagen
de cuando el hombre deja de serlo.
Sepulto en la saliva de la droga.
No sé si hablo yo, (me dice el espejo).
Más me arrulla el ojo del vórtice
que la calma en su firmeza.
Más me alejo cuando regreso
a los recuerdos de libertad.
Dejadme la voz, dejadla quieta,
que derrama como historias las estrellas
y me hacen surgir del sortilegio,
dejándome vacío en el vacío,
abierto en su abrazo abierto.
sólo lágrimas de infierno,
tan sutiles como espíritus
que el fuego dejó olvidados
en los ojos de quién lo moró
con la intención de regalar su alma.
De entregarla, sí, porque quemaba,
antes de que las noches
fueran días carbonizados.
Una dosis más,
para que el cuarteto apocalíptico
interprete o cabalgue esquizofrenias
en las venas de un invierno,
intensamente largo,
el que habita las entrañas
y cubre las miradas de bao,
mientras el cuerpo busca la tierra
para dormirse de miedo
y ensombrecerse sin memoria,
en nombre de todas las ausencias.
Ruge Maquiavelo a la flor del oído,
piel a piel con la ruina de huesos
que limita una médula inútil.
Y se disculpa la prisión inconmensurable
cuando se convierte en silencio.
Perdón por inventarse dioses,
por regalar albedríos al dolor,
por guardar frecuencias cardíacas
de quién no quiere seguir nadando,
por infringir leyes que no existen.
La ropa desvencijada desnuda una imagen
de cuando el hombre deja de serlo.
Sepulto en la saliva de la droga.
No sé si hablo yo, (me dice el espejo).
Más me arrulla el ojo del vórtice
que la calma en su firmeza.
Más me alejo cuando regreso
a los recuerdos de libertad.
Dejadme la voz, dejadla quieta,
que derrama como historias las estrellas
y me hacen surgir del sortilegio,
dejándome vacío en el vacío,
abierto en su abrazo abierto.
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