Santiago Olmedo
Poeta recién llegado
No temo a ojo lector sollozante de alquimia.
No temo telarañas en mi canto de altura.
Sépanlo bien, ¡AHORA! no tengo miedo al humo.
Me merecen respeto los fieles a la sangre.
Aquellos que pueden hablar el lenguaje del amor.
Que no tiene pureza más que la de su llave.
Que no tiene santidad más que la de su fiebre.
Pobre sea la mujer que suspire como hombre.
Bendito sea aquel hombre que llore como mujer.
Ellos dictan mi impulso, mi justificación.
Ellos, los condenados al mundo del silencio.
Porque han comprendido más allá del prejuicio
lo que es cargar la muerte con un rostro amoroso.
No temo telarañas en mi canto de altura.
Sépanlo bien, ¡AHORA! no tengo miedo al humo.
Me merecen respeto los fieles a la sangre.
Aquellos que pueden hablar el lenguaje del amor.
Que no tiene pureza más que la de su llave.
Que no tiene santidad más que la de su fiebre.
Pobre sea la mujer que suspire como hombre.
Bendito sea aquel hombre que llore como mujer.
Ellos dictan mi impulso, mi justificación.
Ellos, los condenados al mundo del silencio.
Porque han comprendido más allá del prejuicio
lo que es cargar la muerte con un rostro amoroso.