Manuel Avilés Mora
Pluma libre
Afluentes salados,
ojos de mar.
La Luna llovió sobre tu cara
y ahogó sus penas;
tus brazos, que ya no nadan,
no encuentran el consuelo vil
de los sargazos ya resecos
que agonizan en tu playa.
Ríos sin sangre,
manos de tiza.
Blancura nacida de un desprecio
y de los dientes del vampiro
llamado abandono.
Son tus manos alas sin plumas,
surcadas por azules caminos
secos y dolientes.
Cristales verdes,
ávida boca.
Pétalos son tus glaucos ojos.
De savia fresca, la Rosa grana
que lleva tu nombre.
Mágica forma tiene tu desconsuelo,
que exfolia y reverdece para siempre,
esa tristeza que en ti se aloja.
Sufren los sonidos
de tus pasos.
Rebrota y alza, con esquejes nuevos,
las nuevas vidas que vienen a buscarte.
¡Alza el vuelo,
niña de lluvia salada!
¡Deja que llore la Luna sin mojarte!
ojos de mar.
La Luna llovió sobre tu cara
y ahogó sus penas;
tus brazos, que ya no nadan,
no encuentran el consuelo vil
de los sargazos ya resecos
que agonizan en tu playa.
Ríos sin sangre,
manos de tiza.
Blancura nacida de un desprecio
y de los dientes del vampiro
llamado abandono.
Son tus manos alas sin plumas,
surcadas por azules caminos
secos y dolientes.
Cristales verdes,
ávida boca.
Pétalos son tus glaucos ojos.
De savia fresca, la Rosa grana
que lleva tu nombre.
Mágica forma tiene tu desconsuelo,
que exfolia y reverdece para siempre,
esa tristeza que en ti se aloja.
Sufren los sonidos
de tus pasos.
Rebrota y alza, con esquejes nuevos,
las nuevas vidas que vienen a buscarte.
¡Alza el vuelo,
niña de lluvia salada!
¡Deja que llore la Luna sin mojarte!