Fácil es ser testigo de la verdad
cuando esta no proclama mi nombre.
Mas ante el brillo de la fría hoja
que socava mis venas con afiladas voces,
voces que el amor ha refinado,
no hay aliento que sea testigo
de la soledad que el angelical canto
cultiva en lo profundo de mi espíritu.
La verdad es el bien de los sueños,
pero dolor es en la realidad,
colmada de enfermedad y desprecio.
Despierto luego cada madrugada,
con el amargo sabor de la magia perdida,
con la miserable verdad besando mis labios,
enferma de culpa y recuerdos efímeros.
Ella señala mi alma inhóspita
recordando cada pecado,
esos que tras el escudo de un salvador
murieron en el corazón de quien he amado.
Ya no despliega otro camino,
sólo en soledad sucumbirá mi cuerpo,
porque no hay redención para las sombras,
no hay dios que en ellas fije su mirada.
Y así el lúgubre aroma a rosas marchitas
se perpetúa a los pies de mi lecho cada noche,
reminiscencia de un castigo merecido,
porque no hay peor pecado que creerse justo,
no hay perdón para un alma aborrecible...