BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Oh es un sopor de estalactita
donde dormitan su sangre los líquenes
adormecidos, y las leñas infatigables
quebrantan con facilidad los nudos del
odio. Los ojos de nadie resbalan sinuosamente
y me atraen las caricias de un monumento
insondable. Los ojos del fiel reptil
amargan la paciencia del santo encogido
en su pedestal de niebla tumefacta. Las largas
avenidas con su calor indeseable, fustigan
los labios sobrevenidos donde la aspereza
finge su cometido impío. Oh frágil es la noche,
cómo acometen su latido imperturbable, las lágrimas
eximidas de sus afanes. Frágil grácil es la noche,
amigo mío, donde duermen afanes y síntomas,
consejos administrados desde la desdicha ferroviaria.
Y las alas quietas del espanto sitúan su perspectiva
de algodón entre los álamos anchos del paseo invicto.
Y los campos acerados vuelan como plantas destruidas,
calcinadas. Y los jugos estrujados derriban su néctar
sobre mi cuerpo sin corazón, madeja sin previo aviso.
Y las alamedas buscan el improbable ritmo de los vestidos
disueltos, entre fábricas abandonadas por el trigo aplastado.
Me gusta que la incipiente maleza brote sobre el estío.
Me gusta que los osarios renazcan sobre cráneos impolutos.
Me duele la vida con sus ovarios crímenes y razones insondables.
Ese afán por desmitificar
lo que sale del agua con bacterias.
Acechan desde nubes previsibles
campos de azafranes y recintos,
impalpables líquidos, comarcas del miedo:
fingen que quiero el latido externo
la palabra asumida desde su falso consejero.
Vívidas y deterioradas
las palabras me anuncian.
©
donde dormitan su sangre los líquenes
adormecidos, y las leñas infatigables
quebrantan con facilidad los nudos del
odio. Los ojos de nadie resbalan sinuosamente
y me atraen las caricias de un monumento
insondable. Los ojos del fiel reptil
amargan la paciencia del santo encogido
en su pedestal de niebla tumefacta. Las largas
avenidas con su calor indeseable, fustigan
los labios sobrevenidos donde la aspereza
finge su cometido impío. Oh frágil es la noche,
cómo acometen su latido imperturbable, las lágrimas
eximidas de sus afanes. Frágil grácil es la noche,
amigo mío, donde duermen afanes y síntomas,
consejos administrados desde la desdicha ferroviaria.
Y las alas quietas del espanto sitúan su perspectiva
de algodón entre los álamos anchos del paseo invicto.
Y los campos acerados vuelan como plantas destruidas,
calcinadas. Y los jugos estrujados derriban su néctar
sobre mi cuerpo sin corazón, madeja sin previo aviso.
Y las alamedas buscan el improbable ritmo de los vestidos
disueltos, entre fábricas abandonadas por el trigo aplastado.
Me gusta que la incipiente maleza brote sobre el estío.
Me gusta que los osarios renazcan sobre cráneos impolutos.
Me duele la vida con sus ovarios crímenes y razones insondables.
Ese afán por desmitificar
lo que sale del agua con bacterias.
Acechan desde nubes previsibles
campos de azafranes y recintos,
impalpables líquidos, comarcas del miedo:
fingen que quiero el latido externo
la palabra asumida desde su falso consejero.
Vívidas y deterioradas
las palabras me anuncian.
©