Manuel Avilés Mora
Pluma libre
Caen llantos en lo inerte del suelo,
remojando el cemento que se hizo duro
al secar el tiempo las aguas que le dieron vida.
Así se secó mi alma...
La convirtió en piedra la mirada que tanto buscó
entre los intensos versos de un poema.
Noté evaporarse hasta el último átomo del sentimiento
que antes mojaba el vergel donde crecían las musas,
que ahora, erial de palabras sin raíces,
me reseca la garganta y la tinta de mi pluma.
Caen ídolos de pedestales rotos,
haciendo pedazos toda esperanza de reciclar
el quemado aliento de tantas mentiras.
No fuiste tú, la dueña de mi silencio;
pero si provocaste que se oyera el sonido de mi llanto
mezclado con los ecos de tus risas pasadas.
Tampoco serás nunca el receptor que rechace
las señales de mi odio.
Porque sin odiarte no me quedan razones para escribir,
ni para ser un tic en el reloj sin agujas de tu tiempo.
remojando el cemento que se hizo duro
al secar el tiempo las aguas que le dieron vida.
Así se secó mi alma...
La convirtió en piedra la mirada que tanto buscó
entre los intensos versos de un poema.
Noté evaporarse hasta el último átomo del sentimiento
que antes mojaba el vergel donde crecían las musas,
que ahora, erial de palabras sin raíces,
me reseca la garganta y la tinta de mi pluma.
Caen ídolos de pedestales rotos,
haciendo pedazos toda esperanza de reciclar
el quemado aliento de tantas mentiras.
No fuiste tú, la dueña de mi silencio;
pero si provocaste que se oyera el sonido de mi llanto
mezclado con los ecos de tus risas pasadas.
Tampoco serás nunca el receptor que rechace
las señales de mi odio.
Porque sin odiarte no me quedan razones para escribir,
ni para ser un tic en el reloj sin agujas de tu tiempo.