Paul.Acosta
Poeta recién llegado
Ahora es tarde.
Ahora me miro en el espejo amargo de mi alma
y caigo en aguas profundas sujetadas en su ritmo,
más mi recuerdo se marchó de tu memoria,
se fue a un palacio viejo en medio de una arboleda inmensa,
ahora me miro en el refugio del río que le atraviesa
y veo el reflejo de un rostro entumecido,
maltrecho y lloroso por el dolor,
unos ojos con lágrimas de colorines,
y otros simplemente del color del amor.
Ahora ya se alejaron esas nubes ocultas
que fueron crueles testigos de nuestros encuentros clandestinos...
etéreos los pinceles que dibujaron tu cara,
más tu mirada con la mía se estrellaban en los rieles del pecado…
se acabó el amor, pero cómo dueles aún.
Se pudo haber terminado en la callejuela salada,
más no creo que los bosques hayan dejado de tronar...
¿cómo duele la distancia inquisidora?
Amor, me pierdo en las olas que un día te trajeron
me pierdo en las tormentas y tempestades
que nos envolvían en su bucle fugaz de pasión.
Amor, tus piedras me lapidaron más que tu voz,
tu despedida fue cruel, más tu eco cayó en mi ermita
y mi suspiro de vida se marchó a aquella playa lejana...
frases de relámpagos que no quiero recordar,
pero me calcinaron, y me engulliste en tu mar temeroso.
Terremotos de emociones que se expanden
a los bordes de la laguna hecha de tus huesos,
y yo aquí alzo mi mano al cielo para poderte alcanzar,
ahora es tarde, ya murió esa manera tuya de amarme,
quizás por el tiempo sin tocarte,
quizás por los besos que dejaste de darme...
quizás por los versos que dejaste de escuchar.
Edwin Paul Acosta Peña. ©
Ahora me miro en el espejo amargo de mi alma
y caigo en aguas profundas sujetadas en su ritmo,
más mi recuerdo se marchó de tu memoria,
se fue a un palacio viejo en medio de una arboleda inmensa,
ahora me miro en el refugio del río que le atraviesa
y veo el reflejo de un rostro entumecido,
maltrecho y lloroso por el dolor,
unos ojos con lágrimas de colorines,
y otros simplemente del color del amor.
Ahora ya se alejaron esas nubes ocultas
que fueron crueles testigos de nuestros encuentros clandestinos...
etéreos los pinceles que dibujaron tu cara,
más tu mirada con la mía se estrellaban en los rieles del pecado…
se acabó el amor, pero cómo dueles aún.
Se pudo haber terminado en la callejuela salada,
más no creo que los bosques hayan dejado de tronar...
¿cómo duele la distancia inquisidora?
Amor, me pierdo en las olas que un día te trajeron
me pierdo en las tormentas y tempestades
que nos envolvían en su bucle fugaz de pasión.
Amor, tus piedras me lapidaron más que tu voz,
tu despedida fue cruel, más tu eco cayó en mi ermita
y mi suspiro de vida se marchó a aquella playa lejana...
frases de relámpagos que no quiero recordar,
pero me calcinaron, y me engulliste en tu mar temeroso.
Terremotos de emociones que se expanden
a los bordes de la laguna hecha de tus huesos,
y yo aquí alzo mi mano al cielo para poderte alcanzar,
ahora es tarde, ya murió esa manera tuya de amarme,
quizás por el tiempo sin tocarte,
quizás por los besos que dejaste de darme...
quizás por los versos que dejaste de escuchar.
Edwin Paul Acosta Peña. ©