Leonardo Vinci
Poeta recién llegado
Ahora, que un himno a la alegría
despunta mi sordera;
y que la maleza detiene su paso
ante las lanzas de los cabellos.
Ahora, que se cierran las almenas de cuadrangulares ojos,
y en el remate dentado de las alturas
el dulce olor de las palabras
reposa como un rey sin corona.
Ahora, que el centro de la rueda
no es más que el camino mismo ovillado
en antiguas e inagotables cuerdas de reloj,
y cuyo pedregal son diamantes impredecibles
tanto como el devenir.
Es ahora, que me encomiendo al álabe carnoso
y desigual de tu mano,
que como una pequeña divinidad ha venido
a probar o padecer los placeres de la tierra,
y que en sus castas, enmarañadas
y gitanas líneas adivinatorias,
se asilan tras la caricia en sus surcos,
los hilos de sudor que portan
el código secreto de mi vulnerabilidad.
despunta mi sordera;
y que la maleza detiene su paso
ante las lanzas de los cabellos.
Ahora, que se cierran las almenas de cuadrangulares ojos,
y en el remate dentado de las alturas
el dulce olor de las palabras
reposa como un rey sin corona.
Ahora, que el centro de la rueda
no es más que el camino mismo ovillado
en antiguas e inagotables cuerdas de reloj,
y cuyo pedregal son diamantes impredecibles
tanto como el devenir.
Es ahora, que me encomiendo al álabe carnoso
y desigual de tu mano,
que como una pequeña divinidad ha venido
a probar o padecer los placeres de la tierra,
y que en sus castas, enmarañadas
y gitanas líneas adivinatorias,
se asilan tras la caricia en sus surcos,
los hilos de sudor que portan
el código secreto de mi vulnerabilidad.