Tiemblan las uñas, agolpadas, enjuntas, empíreas.
¡Que sea mi pábilo el que se encienda esta noche!
Es que es nuestro dolor el que croan los sapos,
entonces el aire nos olvida.
Mientras tu mirada se acuesta encadenada
prefiero verte a través de mis lágrimas.
Te espero allí, en el costado de la noche,
donde solo viven los ausentes.
En el mar subterráneo la luna arrugada se estrangula,
dos jóvenes inclementes buscan monedas de madrugada
y se aprisionan en una tormenta seca y risueña.
A menudo nos volcamos en ese mar y resplandecemos.
No creo en mis ojos inconsolables, no es el momento.
¡Rocío emoliente en mis mejillas!
Son huellas de eternas lágrimas.
Sobre mi palma guardo la última inocencia
¡Anclada por siempre en mi fuego:Alejandra!
¡Que sea mi pábilo el que se encienda esta noche!
Es que es nuestro dolor el que croan los sapos,
entonces el aire nos olvida.
Mientras tu mirada se acuesta encadenada
prefiero verte a través de mis lágrimas.
Te espero allí, en el costado de la noche,
donde solo viven los ausentes.
En el mar subterráneo la luna arrugada se estrangula,
dos jóvenes inclementes buscan monedas de madrugada
y se aprisionan en una tormenta seca y risueña.
A menudo nos volcamos en ese mar y resplandecemos.
No creo en mis ojos inconsolables, no es el momento.
¡Rocío emoliente en mis mejillas!
Son huellas de eternas lágrimas.
Sobre mi palma guardo la última inocencia
¡Anclada por siempre en mi fuego:Alejandra!