Reptarius
Poeta recién llegado
La muñeca yacía triste, pudriéndose dentro de la cubeta de cangrejos; nada qué ver con su monótona y placentera vida de fetiche. No se sabe cómo es que llegó ahí, lo cierto es que pasaban de las tres de la tarde y la mayoría de esos crustáceos se estaban muriendo; Rita no llegaba. Sólo había una salida, el encargado del acuario mandaría a uno de los niños que permanecían observando desde la mañana, a "las últimas tortugas de la llovizna violeta" en los aparadores, para que llevaran la cubeta y vaciaran su contenido en el canal del desagüe.
Rita era sobrina del encargado del acuario, y como todos los viernes, la esperaba para que viera a Rhino, una anaconda joven, comer uno de los roedores que caían en la trampa de la bodega. A su vez Rita se quedaba con los cangrejos que no se vendían en la semana y los desaparecía.
Tiempo atrás, para ser inexactos, Rita viajó a la casa de su abuela, la madre de un hombre que jamás conoció, y por tanto, jamás pudo llamar padre. Contestando a la invitación girada por medio de una carta, Elisa, se presentó con la pequeña Rita, que a su escaso año de edad, preguntaba y pronuciaba doscientas palabras más que cualquier niño promedio, limitado a decir un par de frases: mamá, papá o gua guá. Lorenza, la abuela, no pudo más que embelezarse y encontrarle un asombroso parecido a su fallecido esposo. Algo le dijo en ese momento que mucho de don Sabino Robles había renacido en su nieta. Sintió unas ganas horribles de protegerla, de que nada malo le pasara y fue en busca del relicario en donde guardaba las posesiones heredadas del interminable ciclo de los niños de la familia. Una muñeca que a pesar del par de siglos que tenía, lucía como nueva. El vestido con un aroma penetrante a bosque húmedo, los cabellos tan suaves, como los cabellos de los humanos, hicieron que Rita la abrazara tan fuerte y ya jamás la soltara, desde ese instante que con su tierna y melodiosa voz, la nombró "Marcelina".
No había sido necesario despertar hasta esa madrugada de inicios de noviembre, en que el estertor de Silas, el ángel de la guarda de Rita, rebasó la línea imaginaria de su jurisdicción, para acercarse de más a la niña y olfatearla de una manera sospechosa. Rota la barrera, por días el olor a flores de panteón se manifestó amenazante a todas horas. Una razón existió para que Rita no pudiera ser robada por su antiguo guardián: la muñeca Marcelina.
Todo empezó un día viernes. Lucrecio llegó malhumorado. Su semblante dibujaba tristeza e impotencia. Tal vez le habría ido mal algo en la escuela. Tal vez sus amigos ya no quisieron jugar con él; o simplemente su pequeña vecina decidió no llevarle, como todos los días, una manzana con caramelo, para comerla con él en las escaleras de la entrada de su casa. Sólo Dios pudo saber lo que había sucedido. Pero Dios no existe, y Lucrecio guardó para sí mismo, la razón de la súbita inexistencia.
Era tarde, el sol arremetía con saña al exterior, donde se podía ver desde la ventana, el cadáver de un caracol derritiéndose sobre la corteza de un árbol próximo. El niño de la cara triste y los ojos expresivos, sacó sus cuadernos como de costumbre, hizo sus deberes. Se demoró un poco más de la cuenta con su tarea de matemáticas. No entendía porqué todo número multiplicado por cero era dejado en el vacío, pero se conformó al final de cuentas. En su cuaderno de dibujos, donde las hadas muertas no moraban, decidió que era tiempo de que lo hicieran: trazó con su lápiz del número dos una cruz inversa y dibujó unas alas a ras del suelo, desprendiéndose de ellas, el cuerpo de una delgadísima mujer con los rasgos del sufrimiento. A unos metros, el grafito dio luz a un par de mastines royendo las cada vez menos, refulgentes alas. Después el color rojo, la sangre y su inminente presencia.
Lucrecio cerró sus cuadernos, los devolvió a su mochila, la que inmediatamente arrojó con violencia hasta el fondo del armario. Se encaminó al baño, sacó la pasta de dientes, apretó tan fuerte el tubo, que la pasta se derramó por los lados del cepillo. Se miró en el espejo e inmediatamente viró su mirada. Sintió que algo le faltaba y no quiso mirarse incompleto.
Se dirigió al baúl de los juguetes, abrió la compuerta del pesado mueble de pino, tomó un pequeño saco de paño verde olivo. Desamarró el cordel, metió la mano al interior y cogió con fuerza tres canicas que metió a su boca. Las mordió con una fuerza inaudita, sus encías comenzaron a sangrar y sus dientes a desmoronarse. De su boca salían más que gránulos de sangre; de sus ojos, algo más que lágrimas; en sus manos apretadas habitaba algo más que rabia. Arrojó con fuerza todas las canicas de vuelta al baúl. Una de las pequeñas esferas de vidrio golpeó contra un objeto que dejó escuchar una grabación: “Al manher, im ahnzaf, prrfff... prrfff...”. El sonido provenía de Verner, un oso hormiguero de felpa que su tío Francisco le regaló cuando aun era muy pequeño. Lucrecio lo levantó a la altura de sus ojos y lo miró intentando encontrar la mirada del niño de tres años de edad, que hace seis, reflejó en una celebración navideña. Esos ojos no eran los mismos que miraron ese par de piedras verdes incrustadas en la mirada de Verner. Enojado, Lucrecio aventó al oso por la ventana circular situada a un lado de su escritorio.
Las horas transcurrieron y Verner fue presa de un enorme gato callejero que pasaba cerca del jardín de Lucrecio. Después de soportar el hediento tufo del hocico de aquel animal, por espacio de quince minutos, fue liberado. Verner, con su follaje felposo desgarrado en demasía, cayó en una alcantarilla. Flotó y navegó sin rumbo fijo alrededor de cinco días. Volvió a la oscuridad a la que estaba acostumbrado, sólo que esta vez sin canicas, sin soldados romanos y sin piezas de ajedrez que le hicieran compañía.
La humedad en su amorfa fisonomía comenzó a registrar marcas de descomposición, o mejor, o arbitrariamente dicho, marcas de recomposición: desde musgo hasta pequeñas colonias de ácaros a través del agreste Verner, hicieron que sus párpados comenzaran a moverse como no lo habían hecho nunca. Una especie de vida muy distinta a la suya estaba por empezar.
Se paró con sus menguadas piernecillas y miró a su alrededor: nada, sólo oscuridad. Caminó siguiendo el cause del agua. Dos horas después, tras una agobiante caminata, percibió el halo de una rara presencia, decenas de criaturas se movían a su alrededor. Los humanos las llamaban ratas, pero él como no sabía lo que eran, lo único que sintió fue alivio por sentirse acompañado.
El olor de esos roedores era insoportable, también lo era el de Verner, así que él no lo distinguió del suyo. Pasaron los días y la relación entre hormiguero y ratas era aun algo confusa: él no entendía sus insoportables ruidos, además, le disgustaban sus carentes modales al comer, y ya ni se diga de lo que comían. Por parte de las ratas, había un terror inmenso hacia aquel raro animal de felpa que se la pasaba llorando todas las noches por no poder encontrar una salida. Ambos se volvían locos, no había forma de darse a entender.
El sol se colaba ligero entre la bruma y los ojos de los gatos que se agazapaban a lo largo del callejón, guardaban un brillo similar a los cascabeles de Lucifer. A lo lejos se oían campanadas provenientes del barrio de San Andrés, donde palomas y ancianos se preparaban para entablar su juicio cotidiano.
A su paso por el callejón de los manzanos, Rita, a diferencia de todas las veces que pasaba por ahí, contuvo sus intenciones de golpear con su bastón, los contenedores metálicos que se prolongaban a lo largo de ese lugar, lleno de balcones antiguos y grandes jaulas oxidadas y vacías.
Algo le había sucedido a Rita y no sabía qué era, actuaba como por osmosis, sus movimientos eran teledirigidos y no conocía las manos del titiritero que la manipulaba. La única pista que tenía era la presencia de un olor muy similar al que todas sus noches tenían: un hedor asfixiante de nardos; un aroma muy similar al de su ángel de la guarda.
Abrió la puerta del edificio dieciséis donde un señor enjuto y bastante mayor con olor a tabaco, roncaba con ritmo casi melódico detrás del pequeño escritorio que fungía como recepción. Caminó a través del pasillo de alfombra encharcada a media luz, hasta llegar al destartalado elevador de cortina metálica corrediza que se abrió sola, como si estuviera esperando su llegada. En su lento viaje el ascensor se detuvo en el piso primero alrededor de veinte minutos, situación que comenzó a desesperarle a pesar de su estado de sonambulismo. Mientras la luz roja del interior se apagaba y se encendía en intervalos de uno y cinco segundos, Rita buscó la forma de romper su encantamiento y su mente se desvió a desentrañar el tenebroso contenido de los carteles de los años cincuenta, que se sostenían a pesar del tiempo, a un lado de la pizarra de botones. Durante todo ese tiempo en el piso primero, a lo lejos, se escuchaba una melodía proveniente de un bandoneón que le provocó a Rita, una entremezclada sensación de alegría y tristeza.
Gilberto Rondó fue el niño que corrió con la suerte de llevarse la cubeta. De apariencia rechoncha, con rulos mal esparcidos en la cabeza, cauteloso al caminar y de un mirar amenazador para un niño de su edad, se dirigió a la casa de Dimes, un hombre ciego que tenía a un viejo pastor inglés como lazarillo. El pequeño Rondó le cambió los cangrejos al ciego por un pase a su cuarto trasero. Camino al lugar destinado, en un patio repleto de macetas con plantas descuidadas y una pileta al centro con agua negra, Gilberto puso a disposición del perro la cubeta que cargaba y pasó de largo. Tras intentar degustar a uno de los rojos cangrejos, el lazarillo fue pinzado por siete de los demás crustáceos. Don Matías, el perro, dio un paso atrás y optó por tomar a la muñeca de aroma nauseabundo. Uno de los cangrejos que no tenía una de sus tenazas se le colgó de una pierna, y así un nutrido grupo de cangrejos comenzó a trepar por el cuerpo de la muñeca, hasta llegar a la cabeza de Don Matías. Uno de ellos le clavó una de sus pinzas en el ojo derecho. El perro lanzó un gemido exorbitante y emprendió una carrera descomunal hacia la calle, dejando a Dimes para siempre, tan solo con su ceguera.
Rondó recorrió el amplio pasillo principal de la casa, fétida en su totalidad por la pestilencia de la humedad, hasta llegar al cuarto trasero. Tras desprender una pedazo de papel tapiz de la pared, descubrió un hueco en el muro tapado al fondo con un feo vitral, pésimamente trabajado con detalles de un santo desconocido. Retiró uno de los fragmentos de vidrio que se sostenía con cinta adhesiva, pudiendo así, ver el interior de una gran estancia cubierta con mosaicos blancos y una cama al centro rodeada por cuatro cámaras de video encendidas. Arriba de la cama, desnuda, pero cubierta con el maquillaje corporal de una calavera, se encontraba sujeta de sus cuatro extremidades, una chica que no superaba los veinte años de edad. A lo lejos, y acercándose se podían escuchar los pasos de tres personas calzando botas con casquillos, acompañados de una radio que hacía sonar una estación de viejos boleros. La puerta, blanca, similar a las puertas de las cocinas, con una ventana circular en la parte alta, se abrió dando paso a una luz rojiza. Algo perverso estaba por comenzar.
Don Matías corrió sin detener las zancadas largas y torpes de sus patas. Topó de frente sin reparar siquiera, con el canal del desagüe del Barrio de San Lorenzo, lugar famoso por sus boxeadores y por sus carteristas. Cayó en sus aguas sucias; aguas en las que habían viajado miles de cadáveres con un lucero rojo en la frente: el tiro de gracia.
Justo en ese momento pasaba junto a él, un cuerpo sin vida, aún fresco, con olor a sándalo; su mirada, a diferencia de otros muertos, era bastante vivaz…, se podría decir que esa mujer estaba feliz de haberse muerto.
Verner se encontraba en una situación algo confusa: ya no discernía entre las ratas y él, pero las ratas sí discernían, y seguían sin querer ser amigas de ese oso que aprendió los modos de las ratas: su rara forma de hacer ruidos, su modo de encender los ojos cuando algo peligroso rondaba.
El oso se cansó de intentar convivir con unos seres poco agraciados y partió con los escasos rayos del sol de una mañana de diciembre. Caminó durante mucho tiempo, hasta que se cansó y cayó en un profundo sueño de varios días. Al despertar sintió un cuerpo caliente a su lado. Al dar una segunda ojeada, Verner pudo ver a las ratas desollando el descompuesto cuerpo de Don Matías. Bastó con un simple bramido del oso para que las ratas corrieran despavoridas. Tras soltar una carcajada locuaz, Verner descubrió que del hocico del perro colgaba la mitad de una muñeca de trapo. Intentó destrabar las fauces del animal con todas sus fuerzas para sacar a Marcelina, pero sólo logró reventar los hilos podridos que unían su brazo con el peluche de su cuerpo. Ahora con una sola extremidad, el hormiguero posó la mirada en la muñeca que parecía estar dormida, logrando que sus ojos se entreabrieran. Una tempestad iracunda de golpeteo contra el metal de las tuberías, rompió el pequeño instante de calma de ambos personajes. Verner lo relacionó con el sonido emitido por las ratas, vaticinando el pronto desbordamiento de las aguas negras.
El ascensor llegó al piso número trece después de varios minutos, dando a luz rojiza atardecer, un corredor lleno de ventanales ahumados que dejaban ver algunos edificios de departamentos contiguos y el campanario derruido de una iglesia.
Los ruidos, el silencio, la desesperación de rezos apagados a punta de invocación ajena, consiguieron que Rita pudiera romper con su encantamiento, pero el elevador parecía no tener la voluntad para devolverla a la planta baja. Salió al corredor a buscar las escaleras de emergencia y a su paso descubrió un rastro de plumas blancas como la nieve, que llevaban hacia la puerta de lo que parecía ser una improvisada capilla. Súbito miedo y sed de venganza, temor hecho de luz y con el fuego, una nausea recorrió sus pequeños e incipientes senos, pasó por su vientre y se instauró justo en medio de sus piernas. Un chorro de sangre con olor a frambuesas manchó su ropa interior, bajó por sus muslos, sus rodillas, sus pantorrillas hasta teñir sus calcetas moradas. Un halo refulgente, color violeta, se instauró en su mirada.
-Hágase en ti el reino de mis cielos, ahora que expulsado fui y no tengo ya las perlas que me dan un lugar en el templo de los arcángeles. Dame tu santuario niña convertida en mujer, bríndame con tu carne la paz de la vida eterna- Las palabras de ese ser gigante, ojos de reptil, largo cabello plateado y alas arrancadas, que estaba arrodillado frente a las veladoras de la capilla, salieron para infestar el silencio reinante en los corredores del edificio entero. Llena de pavor y furia, Rita corrió hacia la puerta de emergencia mientras esparcía pequeñas gotas de sangre a su paso. Abrió la puerta y franqueó una vitrina con un hacha en su interior (rómpanse en caso de incendio). Siguió su camino, bajó algunos escalones. Quedó pensativa algunos segundos dentro de las penumbras, detuvo su paso para cerrar los ojos y escuchar el latir de sus venas dando vida a todo su cuerpo. Viró y subió nuevamente las escaleras. Se retiró la cadena con una pesada cruz de plata que pendía de su cuello, la lanzó en contra de la vitrina, cogió el hacha y cruzó la puerta de vuelta al piso número trece. El final de la inocencia había llegado, era necesario terminar su pacto con el ángel de la guarda.
Rita era sobrina del encargado del acuario, y como todos los viernes, la esperaba para que viera a Rhino, una anaconda joven, comer uno de los roedores que caían en la trampa de la bodega. A su vez Rita se quedaba con los cangrejos que no se vendían en la semana y los desaparecía.
Tiempo atrás, para ser inexactos, Rita viajó a la casa de su abuela, la madre de un hombre que jamás conoció, y por tanto, jamás pudo llamar padre. Contestando a la invitación girada por medio de una carta, Elisa, se presentó con la pequeña Rita, que a su escaso año de edad, preguntaba y pronuciaba doscientas palabras más que cualquier niño promedio, limitado a decir un par de frases: mamá, papá o gua guá. Lorenza, la abuela, no pudo más que embelezarse y encontrarle un asombroso parecido a su fallecido esposo. Algo le dijo en ese momento que mucho de don Sabino Robles había renacido en su nieta. Sintió unas ganas horribles de protegerla, de que nada malo le pasara y fue en busca del relicario en donde guardaba las posesiones heredadas del interminable ciclo de los niños de la familia. Una muñeca que a pesar del par de siglos que tenía, lucía como nueva. El vestido con un aroma penetrante a bosque húmedo, los cabellos tan suaves, como los cabellos de los humanos, hicieron que Rita la abrazara tan fuerte y ya jamás la soltara, desde ese instante que con su tierna y melodiosa voz, la nombró "Marcelina".
No había sido necesario despertar hasta esa madrugada de inicios de noviembre, en que el estertor de Silas, el ángel de la guarda de Rita, rebasó la línea imaginaria de su jurisdicción, para acercarse de más a la niña y olfatearla de una manera sospechosa. Rota la barrera, por días el olor a flores de panteón se manifestó amenazante a todas horas. Una razón existió para que Rita no pudiera ser robada por su antiguo guardián: la muñeca Marcelina.
Todo empezó un día viernes. Lucrecio llegó malhumorado. Su semblante dibujaba tristeza e impotencia. Tal vez le habría ido mal algo en la escuela. Tal vez sus amigos ya no quisieron jugar con él; o simplemente su pequeña vecina decidió no llevarle, como todos los días, una manzana con caramelo, para comerla con él en las escaleras de la entrada de su casa. Sólo Dios pudo saber lo que había sucedido. Pero Dios no existe, y Lucrecio guardó para sí mismo, la razón de la súbita inexistencia.
Era tarde, el sol arremetía con saña al exterior, donde se podía ver desde la ventana, el cadáver de un caracol derritiéndose sobre la corteza de un árbol próximo. El niño de la cara triste y los ojos expresivos, sacó sus cuadernos como de costumbre, hizo sus deberes. Se demoró un poco más de la cuenta con su tarea de matemáticas. No entendía porqué todo número multiplicado por cero era dejado en el vacío, pero se conformó al final de cuentas. En su cuaderno de dibujos, donde las hadas muertas no moraban, decidió que era tiempo de que lo hicieran: trazó con su lápiz del número dos una cruz inversa y dibujó unas alas a ras del suelo, desprendiéndose de ellas, el cuerpo de una delgadísima mujer con los rasgos del sufrimiento. A unos metros, el grafito dio luz a un par de mastines royendo las cada vez menos, refulgentes alas. Después el color rojo, la sangre y su inminente presencia.
Lucrecio cerró sus cuadernos, los devolvió a su mochila, la que inmediatamente arrojó con violencia hasta el fondo del armario. Se encaminó al baño, sacó la pasta de dientes, apretó tan fuerte el tubo, que la pasta se derramó por los lados del cepillo. Se miró en el espejo e inmediatamente viró su mirada. Sintió que algo le faltaba y no quiso mirarse incompleto.
Se dirigió al baúl de los juguetes, abrió la compuerta del pesado mueble de pino, tomó un pequeño saco de paño verde olivo. Desamarró el cordel, metió la mano al interior y cogió con fuerza tres canicas que metió a su boca. Las mordió con una fuerza inaudita, sus encías comenzaron a sangrar y sus dientes a desmoronarse. De su boca salían más que gránulos de sangre; de sus ojos, algo más que lágrimas; en sus manos apretadas habitaba algo más que rabia. Arrojó con fuerza todas las canicas de vuelta al baúl. Una de las pequeñas esferas de vidrio golpeó contra un objeto que dejó escuchar una grabación: “Al manher, im ahnzaf, prrfff... prrfff...”. El sonido provenía de Verner, un oso hormiguero de felpa que su tío Francisco le regaló cuando aun era muy pequeño. Lucrecio lo levantó a la altura de sus ojos y lo miró intentando encontrar la mirada del niño de tres años de edad, que hace seis, reflejó en una celebración navideña. Esos ojos no eran los mismos que miraron ese par de piedras verdes incrustadas en la mirada de Verner. Enojado, Lucrecio aventó al oso por la ventana circular situada a un lado de su escritorio.
Las horas transcurrieron y Verner fue presa de un enorme gato callejero que pasaba cerca del jardín de Lucrecio. Después de soportar el hediento tufo del hocico de aquel animal, por espacio de quince minutos, fue liberado. Verner, con su follaje felposo desgarrado en demasía, cayó en una alcantarilla. Flotó y navegó sin rumbo fijo alrededor de cinco días. Volvió a la oscuridad a la que estaba acostumbrado, sólo que esta vez sin canicas, sin soldados romanos y sin piezas de ajedrez que le hicieran compañía.
La humedad en su amorfa fisonomía comenzó a registrar marcas de descomposición, o mejor, o arbitrariamente dicho, marcas de recomposición: desde musgo hasta pequeñas colonias de ácaros a través del agreste Verner, hicieron que sus párpados comenzaran a moverse como no lo habían hecho nunca. Una especie de vida muy distinta a la suya estaba por empezar.
Se paró con sus menguadas piernecillas y miró a su alrededor: nada, sólo oscuridad. Caminó siguiendo el cause del agua. Dos horas después, tras una agobiante caminata, percibió el halo de una rara presencia, decenas de criaturas se movían a su alrededor. Los humanos las llamaban ratas, pero él como no sabía lo que eran, lo único que sintió fue alivio por sentirse acompañado.
El olor de esos roedores era insoportable, también lo era el de Verner, así que él no lo distinguió del suyo. Pasaron los días y la relación entre hormiguero y ratas era aun algo confusa: él no entendía sus insoportables ruidos, además, le disgustaban sus carentes modales al comer, y ya ni se diga de lo que comían. Por parte de las ratas, había un terror inmenso hacia aquel raro animal de felpa que se la pasaba llorando todas las noches por no poder encontrar una salida. Ambos se volvían locos, no había forma de darse a entender.
El sol se colaba ligero entre la bruma y los ojos de los gatos que se agazapaban a lo largo del callejón, guardaban un brillo similar a los cascabeles de Lucifer. A lo lejos se oían campanadas provenientes del barrio de San Andrés, donde palomas y ancianos se preparaban para entablar su juicio cotidiano.
A su paso por el callejón de los manzanos, Rita, a diferencia de todas las veces que pasaba por ahí, contuvo sus intenciones de golpear con su bastón, los contenedores metálicos que se prolongaban a lo largo de ese lugar, lleno de balcones antiguos y grandes jaulas oxidadas y vacías.
Algo le había sucedido a Rita y no sabía qué era, actuaba como por osmosis, sus movimientos eran teledirigidos y no conocía las manos del titiritero que la manipulaba. La única pista que tenía era la presencia de un olor muy similar al que todas sus noches tenían: un hedor asfixiante de nardos; un aroma muy similar al de su ángel de la guarda.
Abrió la puerta del edificio dieciséis donde un señor enjuto y bastante mayor con olor a tabaco, roncaba con ritmo casi melódico detrás del pequeño escritorio que fungía como recepción. Caminó a través del pasillo de alfombra encharcada a media luz, hasta llegar al destartalado elevador de cortina metálica corrediza que se abrió sola, como si estuviera esperando su llegada. En su lento viaje el ascensor se detuvo en el piso primero alrededor de veinte minutos, situación que comenzó a desesperarle a pesar de su estado de sonambulismo. Mientras la luz roja del interior se apagaba y se encendía en intervalos de uno y cinco segundos, Rita buscó la forma de romper su encantamiento y su mente se desvió a desentrañar el tenebroso contenido de los carteles de los años cincuenta, que se sostenían a pesar del tiempo, a un lado de la pizarra de botones. Durante todo ese tiempo en el piso primero, a lo lejos, se escuchaba una melodía proveniente de un bandoneón que le provocó a Rita, una entremezclada sensación de alegría y tristeza.
Gilberto Rondó fue el niño que corrió con la suerte de llevarse la cubeta. De apariencia rechoncha, con rulos mal esparcidos en la cabeza, cauteloso al caminar y de un mirar amenazador para un niño de su edad, se dirigió a la casa de Dimes, un hombre ciego que tenía a un viejo pastor inglés como lazarillo. El pequeño Rondó le cambió los cangrejos al ciego por un pase a su cuarto trasero. Camino al lugar destinado, en un patio repleto de macetas con plantas descuidadas y una pileta al centro con agua negra, Gilberto puso a disposición del perro la cubeta que cargaba y pasó de largo. Tras intentar degustar a uno de los rojos cangrejos, el lazarillo fue pinzado por siete de los demás crustáceos. Don Matías, el perro, dio un paso atrás y optó por tomar a la muñeca de aroma nauseabundo. Uno de los cangrejos que no tenía una de sus tenazas se le colgó de una pierna, y así un nutrido grupo de cangrejos comenzó a trepar por el cuerpo de la muñeca, hasta llegar a la cabeza de Don Matías. Uno de ellos le clavó una de sus pinzas en el ojo derecho. El perro lanzó un gemido exorbitante y emprendió una carrera descomunal hacia la calle, dejando a Dimes para siempre, tan solo con su ceguera.
Rondó recorrió el amplio pasillo principal de la casa, fétida en su totalidad por la pestilencia de la humedad, hasta llegar al cuarto trasero. Tras desprender una pedazo de papel tapiz de la pared, descubrió un hueco en el muro tapado al fondo con un feo vitral, pésimamente trabajado con detalles de un santo desconocido. Retiró uno de los fragmentos de vidrio que se sostenía con cinta adhesiva, pudiendo así, ver el interior de una gran estancia cubierta con mosaicos blancos y una cama al centro rodeada por cuatro cámaras de video encendidas. Arriba de la cama, desnuda, pero cubierta con el maquillaje corporal de una calavera, se encontraba sujeta de sus cuatro extremidades, una chica que no superaba los veinte años de edad. A lo lejos, y acercándose se podían escuchar los pasos de tres personas calzando botas con casquillos, acompañados de una radio que hacía sonar una estación de viejos boleros. La puerta, blanca, similar a las puertas de las cocinas, con una ventana circular en la parte alta, se abrió dando paso a una luz rojiza. Algo perverso estaba por comenzar.
Don Matías corrió sin detener las zancadas largas y torpes de sus patas. Topó de frente sin reparar siquiera, con el canal del desagüe del Barrio de San Lorenzo, lugar famoso por sus boxeadores y por sus carteristas. Cayó en sus aguas sucias; aguas en las que habían viajado miles de cadáveres con un lucero rojo en la frente: el tiro de gracia.
Justo en ese momento pasaba junto a él, un cuerpo sin vida, aún fresco, con olor a sándalo; su mirada, a diferencia de otros muertos, era bastante vivaz…, se podría decir que esa mujer estaba feliz de haberse muerto.
Verner se encontraba en una situación algo confusa: ya no discernía entre las ratas y él, pero las ratas sí discernían, y seguían sin querer ser amigas de ese oso que aprendió los modos de las ratas: su rara forma de hacer ruidos, su modo de encender los ojos cuando algo peligroso rondaba.
El oso se cansó de intentar convivir con unos seres poco agraciados y partió con los escasos rayos del sol de una mañana de diciembre. Caminó durante mucho tiempo, hasta que se cansó y cayó en un profundo sueño de varios días. Al despertar sintió un cuerpo caliente a su lado. Al dar una segunda ojeada, Verner pudo ver a las ratas desollando el descompuesto cuerpo de Don Matías. Bastó con un simple bramido del oso para que las ratas corrieran despavoridas. Tras soltar una carcajada locuaz, Verner descubrió que del hocico del perro colgaba la mitad de una muñeca de trapo. Intentó destrabar las fauces del animal con todas sus fuerzas para sacar a Marcelina, pero sólo logró reventar los hilos podridos que unían su brazo con el peluche de su cuerpo. Ahora con una sola extremidad, el hormiguero posó la mirada en la muñeca que parecía estar dormida, logrando que sus ojos se entreabrieran. Una tempestad iracunda de golpeteo contra el metal de las tuberías, rompió el pequeño instante de calma de ambos personajes. Verner lo relacionó con el sonido emitido por las ratas, vaticinando el pronto desbordamiento de las aguas negras.
El ascensor llegó al piso número trece después de varios minutos, dando a luz rojiza atardecer, un corredor lleno de ventanales ahumados que dejaban ver algunos edificios de departamentos contiguos y el campanario derruido de una iglesia.
Los ruidos, el silencio, la desesperación de rezos apagados a punta de invocación ajena, consiguieron que Rita pudiera romper con su encantamiento, pero el elevador parecía no tener la voluntad para devolverla a la planta baja. Salió al corredor a buscar las escaleras de emergencia y a su paso descubrió un rastro de plumas blancas como la nieve, que llevaban hacia la puerta de lo que parecía ser una improvisada capilla. Súbito miedo y sed de venganza, temor hecho de luz y con el fuego, una nausea recorrió sus pequeños e incipientes senos, pasó por su vientre y se instauró justo en medio de sus piernas. Un chorro de sangre con olor a frambuesas manchó su ropa interior, bajó por sus muslos, sus rodillas, sus pantorrillas hasta teñir sus calcetas moradas. Un halo refulgente, color violeta, se instauró en su mirada.
-Hágase en ti el reino de mis cielos, ahora que expulsado fui y no tengo ya las perlas que me dan un lugar en el templo de los arcángeles. Dame tu santuario niña convertida en mujer, bríndame con tu carne la paz de la vida eterna- Las palabras de ese ser gigante, ojos de reptil, largo cabello plateado y alas arrancadas, que estaba arrodillado frente a las veladoras de la capilla, salieron para infestar el silencio reinante en los corredores del edificio entero. Llena de pavor y furia, Rita corrió hacia la puerta de emergencia mientras esparcía pequeñas gotas de sangre a su paso. Abrió la puerta y franqueó una vitrina con un hacha en su interior (rómpanse en caso de incendio). Siguió su camino, bajó algunos escalones. Quedó pensativa algunos segundos dentro de las penumbras, detuvo su paso para cerrar los ojos y escuchar el latir de sus venas dando vida a todo su cuerpo. Viró y subió nuevamente las escaleras. Se retiró la cadena con una pesada cruz de plata que pendía de su cuello, la lanzó en contra de la vitrina, cogió el hacha y cruzó la puerta de vuelta al piso número trece. El final de la inocencia había llegado, era necesario terminar su pacto con el ángel de la guarda.
Última edición: