Dejemos sonar todas las horas
Que la oscuridad ciña hieráticas coronas,
Y los laureles mundanos, se vean desde la sombra,
La carcasa vacía, antaño habitada por inmundicia,
Es morada de eterno abandono
Atrás quedaron oropeles y metales
La mueca sonriente, eternamente radiante,
Monda de carnes, contempla en su miseria,
Lo efímero de su existencia,
Cercenadas las emociones, los brillos y bordones,
Los aplausos y pasiones,
Aquellos ojos que iluminaron paraísos,
Apagados los resplandores, Son cárcavas vacías,
Y las manos avarientas,
Retorcidos sarmientos se contemplan
Sepultada quedo la belleza de las rosas,
Desterrado, el vuelo sutil de mariposas,
Apagado y frío, principia el eterno olvido
Al otro lado, los impúdicos caudales
Se deslizan a vidas codiciosas
Que pronto verán desde este paraje,
El autentico valor de las pequeñas cosas.
Que la oscuridad ciña hieráticas coronas,
Y los laureles mundanos, se vean desde la sombra,
La carcasa vacía, antaño habitada por inmundicia,
Es morada de eterno abandono
Atrás quedaron oropeles y metales
La mueca sonriente, eternamente radiante,
Monda de carnes, contempla en su miseria,
Lo efímero de su existencia,
Cercenadas las emociones, los brillos y bordones,
Los aplausos y pasiones,
Aquellos ojos que iluminaron paraísos,
Apagados los resplandores, Son cárcavas vacías,
Y las manos avarientas,
Retorcidos sarmientos se contemplan
Sepultada quedo la belleza de las rosas,
Desterrado, el vuelo sutil de mariposas,
Apagado y frío, principia el eterno olvido
Al otro lado, los impúdicos caudales
Se deslizan a vidas codiciosas
Que pronto verán desde este paraje,
El autentico valor de las pequeñas cosas.
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