Maroc
Alberto
Que exista tu dolor no es culpa mía;
yo te dono mi aliento generoso
que pasa por tu piel y deja un poso
de luz, donaires frescos y alegría.
Que el viento te consuma, en agonía,
sin conocer siquiera algún reposo,
dejando atrás el tiempo venturoso,
se cura con calor de una utopía.
Descansa de ese instinto venenoso,
pues te consumirá como a una arpía,
y acepta del dulzor del caprichoso
sonido de una tierna melodía,
¿perlas de vanidad u oro ostentoso?,
tan solo realidad día tras día.
yo te dono mi aliento generoso
que pasa por tu piel y deja un poso
de luz, donaires frescos y alegría.
Que el viento te consuma, en agonía,
sin conocer siquiera algún reposo,
dejando atrás el tiempo venturoso,
se cura con calor de una utopía.
Descansa de ese instinto venenoso,
pues te consumirá como a una arpía,
y acepta del dulzor del caprichoso
sonido de una tierna melodía,
¿perlas de vanidad u oro ostentoso?,
tan solo realidad día tras día.
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