viento-azul
Poeta que considera el portal su segunda casa
Algún día, tú y yo,
comprenderemos al amor.
Nos lo probaremos descuidadamente
y será justo nuestra talla.
Tremolaremos conmovidos
en su piel de ángel.
Y nos hará ceniza su luz,
suave como la harina.
Las manos encajarán
sin aire que las pluralice.
Y el mar no será suficiente
para escribir en él su nombre.
Vapuleados
por sus plumas incandescentes,
fluiremos en el lecho con un sólo ser.
Y nos clonaremos de dioses
para burlar la muerte de lo abarcable,
de lo concebible.
Los secretos serán mentira,
invenciones de bocas definitivamente huecas,
procedentes de un mundo de ficción.
La verdad absoluta
restará en nuestros dedos.
Moldeable y sumisa,
como un lenguaje propio,
el que usamos antes de nacer.
Detendremos el tiempo
con la ternura que exudemos.
Predecesora de los rápidos
que nos conducirán a la lujuria.
Y en la pira
seremos sabios,
sólo un instante efímero.
El mundo será pétalo de agua,
y en su cresta
naceremos y moriremos
un millón de veces.
Nuestra mente se precipitará agonizante
por el acantilado que custodia el corazón.
Un sólo corazón de los dos.
Pues es necesario que palpitemos juntos
para comprender el amor.
Que gocemos la cosecha inédita
entre nuestros labios excitados,
que emulsionemos nuestras salivas
para avivar el fuego
que nos convertirá en llama,
en una sola llama,
creadora y destructora de alientos.
Entonces brotará un silencio,
profeta invulnerable
de la canción más hermosa.
Y la niebla se desvanecerá
en un suspiro
para mostrarnos al amor,
desnudo entre nuestras miradas.
Pálpito rojo de alas invisibles,
fugaz y eterno.
Con nombre antiguo, rodado,
y el infinito poder
que da la temblorosa fragilidad
de una flor delicada,
y la dedicatoria de un poema
que el alma ha firmado
comprenderemos al amor.
Nos lo probaremos descuidadamente
y será justo nuestra talla.
Tremolaremos conmovidos
en su piel de ángel.
Y nos hará ceniza su luz,
suave como la harina.
Las manos encajarán
sin aire que las pluralice.
Y el mar no será suficiente
para escribir en él su nombre.
Vapuleados
por sus plumas incandescentes,
fluiremos en el lecho con un sólo ser.
Y nos clonaremos de dioses
para burlar la muerte de lo abarcable,
de lo concebible.
Los secretos serán mentira,
invenciones de bocas definitivamente huecas,
procedentes de un mundo de ficción.
La verdad absoluta
restará en nuestros dedos.
Moldeable y sumisa,
como un lenguaje propio,
el que usamos antes de nacer.
Detendremos el tiempo
con la ternura que exudemos.
Predecesora de los rápidos
que nos conducirán a la lujuria.
Y en la pira
seremos sabios,
sólo un instante efímero.
El mundo será pétalo de agua,
y en su cresta
naceremos y moriremos
un millón de veces.
Nuestra mente se precipitará agonizante
por el acantilado que custodia el corazón.
Un sólo corazón de los dos.
Pues es necesario que palpitemos juntos
para comprender el amor.
Que gocemos la cosecha inédita
entre nuestros labios excitados,
que emulsionemos nuestras salivas
para avivar el fuego
que nos convertirá en llama,
en una sola llama,
creadora y destructora de alientos.
Entonces brotará un silencio,
profeta invulnerable
de la canción más hermosa.
Y la niebla se desvanecerá
en un suspiro
para mostrarnos al amor,
desnudo entre nuestras miradas.
Pálpito rojo de alas invisibles,
fugaz y eterno.
Con nombre antiguo, rodado,
y el infinito poder
que da la temblorosa fragilidad
de una flor delicada,
y la dedicatoria de un poema
que el alma ha firmado
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