Cuando encumbrado
bañaba el horizonte en claridad,
que tu alegría reflejaba.
Mientras ardía al calcínate desierto,
que incendiaba nuestra pasión.
Gigante a cielo abierto
que doraba los mares,
pero volvía a dormir en tu cabellera,
aparecía rompiendo trazos claros
en el despertar de tu mirada.
Y caía rendido en los ocasos de tus brazos,
acompañaba al pastor y su rebaño
lo mismo que al peregrino y sus caminos.
Tus prados y valles encontraban mi calor
y disfrazaba a los ríos de tus selvas,
como si fuera serpientes de oro.
Junto al marinero en el mar me sumergía
amansando mi poderío,
que siendo tan bravío
sentía una vergüenza tierna
que mis mejillas se volvían bermejas .
Las nubes de paso algodonado
mimaban mis rayos
y las estrellas guardaban un as de luz,
junto a la coqueta luna
como recordatorio de mi fortaleza.
Hoy, en algún resquicio
de arenas satinadas
llenas de titilantes brillos
que te hacen guiños como cielo estrellado,
han quedado los recuerdos de que el resplandor
quedo atrapado en una tímida luz;
solo soy un insignificante astro
que desfallece entre sombras,
desde que no estas.