poetakabik
Poeta veterano en el portal
Susurra el bosque antiguo en su latido,
la savia es un rumor de eternidad,
y el aire que respiro está tejido
de un canto que me nombra en su verdad.
El río que desciende de la cumbre
no sabe de comienzos ni finales,
se entrega con fervor a su costumbre
de abrirse en cauces hondos y vitales.
En cada flor estalla el universo,
se enciende en cada hoja la esperanza,
y el sol, con su fulgor sereno y terso,
acaricia la tierra que lo alcanza.
La piedra, muda y fiel en su silencio,
conserva la memoria de los siglos,
y el viento, en su vaivén puro y propenso,
recoge los suspiros y los brillos.
No somos más que un fruto de sus manos,
un gesto que se enciende y que se apaga,
polvo que vuelve al polvo en sus arcanos,
agua que fluye al mar cuando se embriaga.
La tierra no nos teme ni nos nombra,
su ley es el olvido y la semilla,
nos guarda en el regazo de su sombra
y en ella todo muere y todo brilla.
Así la vida surge y se derrumba,
renace en cada brote que germina,
y al hombre que en su límite sucumba
lo envuelve en su raíz que lo destina.
Quien mira la arboleda ve su calma,
quien toca el mar descubre su alimento,
pues todo lo que somos es el alma,
de aquello que nos da calor y aliento.
Naturaleza, madre silenciosa,
origen y final de nuestro paso,
tu fuerza nos desnuda y nos desposa,
tu voz es la verdad en todo abrazo
Y así, cuando la muerte nos reclame,
seremos otra vez tu eternidad:
un árbol, un suspiro, un breve enjambre,
la savia que regresa a su unidad.
la savia es un rumor de eternidad,
y el aire que respiro está tejido
de un canto que me nombra en su verdad.
El río que desciende de la cumbre
no sabe de comienzos ni finales,
se entrega con fervor a su costumbre
de abrirse en cauces hondos y vitales.
En cada flor estalla el universo,
se enciende en cada hoja la esperanza,
y el sol, con su fulgor sereno y terso,
acaricia la tierra que lo alcanza.
La piedra, muda y fiel en su silencio,
conserva la memoria de los siglos,
y el viento, en su vaivén puro y propenso,
recoge los suspiros y los brillos.
No somos más que un fruto de sus manos,
un gesto que se enciende y que se apaga,
polvo que vuelve al polvo en sus arcanos,
agua que fluye al mar cuando se embriaga.
La tierra no nos teme ni nos nombra,
su ley es el olvido y la semilla,
nos guarda en el regazo de su sombra
y en ella todo muere y todo brilla.
Así la vida surge y se derrumba,
renace en cada brote que germina,
y al hombre que en su límite sucumba
lo envuelve en su raíz que lo destina.
Quien mira la arboleda ve su calma,
quien toca el mar descubre su alimento,
pues todo lo que somos es el alma,
de aquello que nos da calor y aliento.
Naturaleza, madre silenciosa,
origen y final de nuestro paso,
tu fuerza nos desnuda y nos desposa,
tu voz es la verdad en todo abrazo
Y así, cuando la muerte nos reclame,
seremos otra vez tu eternidad:
un árbol, un suspiro, un breve enjambre,
la savia que regresa a su unidad.