Franca caricia desoladora. De espuma toda ella, recorre mi cuerpo muerto pero incorrupto. Hace tiempo que se hizo noche profunda en mi alma. Que vaga en prisa somera por destartalados cementerios de grisáceo brillo soñador. Dios no tiene compasión de mi. Me ha postergado a un castigo de vértigo sin fin; hacia el abismo de mis pecaminosos recuerdos de ola marina. Y yo, mugrienta esencia de destello parpadeante, observo mi cadáver que no comen los gusanos. Ahí, en el salón mortuorio de la fama. Entonces, intento penetrar en la carne de un rezagado transeúnte. Mas el alarido descomunal de éste me enerva hacia una glaciación severa de mi núcleo vital. Me invaden las voces y las risas de sus psicopatías más profundas. Y en un alarde de zalamería remonto el vuelo hacia la primera estrella vespertina. Para, así, fusionarme en una nada increada. No quiero tener más recuerdos de loco vagar soñador.