· Almas en el acantilado
Desde la cima del acantilado miro hacia abajo,
oigo el agua chocando con toda su fuerza contra
la dura roca ya desgastada por los años que lleva
aguantando el ataque de este mar enfurecido.
Mientras que me rodeo con los brazos y respiro
el aroma salubre que llega desde abajo,
cerrando los párpados, dejando mi cuerpo caer
hacia el mar embravecido; al igual que mi esencia,
me quemo por dentro y luego muero de pena.
Las heladas y húmedas corrientes de aire no logran
detener al pequeño y delgado cuerpo;
las lagrimas resbalan desde las pestañas subiendo
hacia arriba obligadas por el aire;
extiendo los brazos al igual que un águila en su vuelo
que deja sus plumas pegadas a la espalda,
cayendo hacia el océano,
escuchando cada vez más cerca
su ira al romper contra las rocas,
hasta que llego a él y noto un impacto doloroso,
duro y frío; noto cómo mi vida se rompe
al igual que aquél espejo que un día quise
partir a puñetazos, en miles de trocitos.
Dejo mi alma encerrada tras echar a volar
desde lo alto del acantilado, uniéndose a
la furia de aquél inmenso mar.
Desde la cima observo cómo el cuerpo cae
y desaparece entre la blanca espuma;
desde la cima miro cómo se marcha
dejando el alma arriba vagando sola
entre los vivos sin poder tener un cuerpo
en el cual contener su esencia.
¿Porqué decidió tirarse por ese maldito
acantilado mi parte física, mi cuerpo?
Recorro, sin sentir el pedregoso suelo,
todo el inmenso acantilado rodeando el borde,
esperando aún poder ver tan sólo el cuerpo flotando
con el vestido negro que lo tapaba.
Pero el mar se lo ha llevado ya entre sus olas
y no pude despedirme de mi envoltura corpórea,
no pude siquiera alejarme de aquella alta orilla,
cual vigía en Atalaya mirando, siempre alerta.
Cuando comienza a descender la luna entre
un cielo que se torna de colores claros
mezclándose con otros rosados,
cuando el sol comienza a ascender para hacer
chocar con toda su fuerza el reflejo de su luz
contra el espejo de las aguas del océano,
me retiro entre unas rocas quedando invisible
a cualquier ojo humano, no quiero sentir el sol,
de hecho no lo noto simplemente lo veo;
y esto me parece extraño, una nueva y rara experiencia:
no sentir sensación alguna; no ser visto
por persona humana alguna.
Entonces dejo que pase el largo día y llega
la oscura noche, de nuevo salgo hacia el acantilado
en busca del cuerpo muerto, ahogado.
Cuando desde lejos veo brillar una silueta que
se acerca despacio, como un alma errante
en su camino.
Me paro, espero a ver si se ha fijado en mi
o tampoco puede verme, pero sigue avanzando
lentamente y ahora puedo distinguir al menos
los rasgos de un joven.
Levanta el rostro casi transparente,
cual cuerpo que toma forma entre la niebla;
su imagen se fija en la mía y nos damos
cuenta de que nuestras almas estaban
destinadas a ser unidas, pero nuestros cuerpos
no aguantaron la espera para unirse en vida.
Ahora vagamos juntos en la muerte,
dos almas errantes;
unidos por la misma suerte.
ASHIRA 02-2008
Desde la cima del acantilado miro hacia abajo,
oigo el agua chocando con toda su fuerza contra
la dura roca ya desgastada por los años que lleva
aguantando el ataque de este mar enfurecido.
Mientras que me rodeo con los brazos y respiro
el aroma salubre que llega desde abajo,
cerrando los párpados, dejando mi cuerpo caer
hacia el mar embravecido; al igual que mi esencia,
me quemo por dentro y luego muero de pena.
Las heladas y húmedas corrientes de aire no logran
detener al pequeño y delgado cuerpo;
las lagrimas resbalan desde las pestañas subiendo
hacia arriba obligadas por el aire;
extiendo los brazos al igual que un águila en su vuelo
que deja sus plumas pegadas a la espalda,
cayendo hacia el océano,
escuchando cada vez más cerca
su ira al romper contra las rocas,
hasta que llego a él y noto un impacto doloroso,
duro y frío; noto cómo mi vida se rompe
al igual que aquél espejo que un día quise
partir a puñetazos, en miles de trocitos.
Dejo mi alma encerrada tras echar a volar
desde lo alto del acantilado, uniéndose a
la furia de aquél inmenso mar.
Desde la cima observo cómo el cuerpo cae
y desaparece entre la blanca espuma;
desde la cima miro cómo se marcha
dejando el alma arriba vagando sola
entre los vivos sin poder tener un cuerpo
en el cual contener su esencia.
¿Porqué decidió tirarse por ese maldito
acantilado mi parte física, mi cuerpo?
Recorro, sin sentir el pedregoso suelo,
todo el inmenso acantilado rodeando el borde,
esperando aún poder ver tan sólo el cuerpo flotando
con el vestido negro que lo tapaba.
Pero el mar se lo ha llevado ya entre sus olas
y no pude despedirme de mi envoltura corpórea,
no pude siquiera alejarme de aquella alta orilla,
cual vigía en Atalaya mirando, siempre alerta.
Cuando comienza a descender la luna entre
un cielo que se torna de colores claros
mezclándose con otros rosados,
cuando el sol comienza a ascender para hacer
chocar con toda su fuerza el reflejo de su luz
contra el espejo de las aguas del océano,
me retiro entre unas rocas quedando invisible
a cualquier ojo humano, no quiero sentir el sol,
de hecho no lo noto simplemente lo veo;
y esto me parece extraño, una nueva y rara experiencia:
no sentir sensación alguna; no ser visto
por persona humana alguna.
Entonces dejo que pase el largo día y llega
la oscura noche, de nuevo salgo hacia el acantilado
en busca del cuerpo muerto, ahogado.
Cuando desde lejos veo brillar una silueta que
se acerca despacio, como un alma errante
en su camino.
Me paro, espero a ver si se ha fijado en mi
o tampoco puede verme, pero sigue avanzando
lentamente y ahora puedo distinguir al menos
los rasgos de un joven.
Levanta el rostro casi transparente,
cual cuerpo que toma forma entre la niebla;
su imagen se fija en la mía y nos damos
cuenta de que nuestras almas estaban
destinadas a ser unidas, pero nuestros cuerpos
no aguantaron la espera para unirse en vida.
Ahora vagamos juntos en la muerte,
dos almas errantes;
unidos por la misma suerte.
ASHIRA 02-2008