Raúl Donoso P.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Negras nubes se parten al sol,
rugiendo su furia por entre sus labios,
destellando el reflejo que surge inmisericorde desde su vientre,
alcanzando mis piernas que sujetaban mis hombros.
Lluvia oscura se precipita profusa
y duele cada lengüetazo que sus gotas dejan,
en esta piel desnuda que estremece el dolor
y se hace añicos cerca de la pira.
Como grito furioso surca un rayo en el cielo
y se queda pegado en mi pecho
que vomita sangre a los pies del pórtico
amontonando degüellos,
que rezan en Iquique a Santa María.
Duelen cien años escondidos bajo la tierra
mezclándose huesos, almas, salitre y labios partidos,
que en murmullo pululan por calles, plazas y conciencias,
haciendo ensordecedor su aullido rabioso,
mostrando que aún duelen los oídos,
después de un tercio de siglo susurrando al viento,
la Cantata Santa María de Iquique .
rugiendo su furia por entre sus labios,
destellando el reflejo que surge inmisericorde desde su vientre,
alcanzando mis piernas que sujetaban mis hombros.
Lluvia oscura se precipita profusa
y duele cada lengüetazo que sus gotas dejan,
en esta piel desnuda que estremece el dolor
y se hace añicos cerca de la pira.
Como grito furioso surca un rayo en el cielo
y se queda pegado en mi pecho
que vomita sangre a los pies del pórtico
amontonando degüellos,
que rezan en Iquique a Santa María.
Duelen cien años escondidos bajo la tierra
mezclándose huesos, almas, salitre y labios partidos,
que en murmullo pululan por calles, plazas y conciencias,
haciendo ensordecedor su aullido rabioso,
mostrando que aún duelen los oídos,
después de un tercio de siglo susurrando al viento,
la Cantata Santa María de Iquique .