Nada Vratovic
Poeta recién llegado
« Busco víctima de entre 18 y 30 años para devorarla. Es importante que todo el proceso sea consentido ». Así de simple y directo rezaba el anuncio que brillaba en la pantalla. Las letras eran sencillas, en negrita y a un tamaño de 12p. Si destacaba, era por su contenido.
Ballick había tardado mucho tiempo en llegar hasta un foro como aquel: “Mr. Meat Forum”. Y, en realidad, había sido pura casualidad. No esperaba que existiesen demonios similares a los suyos. Siempre había creído que los engranajes de su mente estaban atrofiados, engrasados con veneno en lugar de aceite. Pero, al parecer, en ese foro de internet había encontrado una comunidad que lo aceptaría e incluso satisfaría. El Destino lo había llevado hasta allí.
Ningún tipo de pornografía lo había excitado jamás. Lo que le provocaba agitaciones tan desesperadas que dolían era ver la carne cruda, sentirla bajo las palmas de sus manos, rozar el pellejo rosado con la punta de un cuchillo e imaginarse a sí mismo expuesto de esa forma: desnudo, lavado y afeitado a conciencia, brazos y piernas extendidos ante las manos hambrientas de un carnicero. Y el tacto del metal que, lentamente, fuese hundiéndose en su cuerpo. Quería provocar en alguien un apetito tan furioso como una erección.
Había pasado años conteniendo sus fantasías. Al principio las interpretaba como pesadillas; luego, las aceptó, pero guardándolas en lo más profundo de su neurosis, en la fosa de las Marianas que a todos se nos hunde hasta algún punto impreciso de nuestra naturaleza enferma.
El autor del anuncio se hacía llamar Hungry_Chef. Ballick encontró ese seudónimo lo bastante sugerente como para intentar responder, medio en broma medio en serio, su petición.
« Puedes llamarme Lamb. ¿Hablas en serio? Quiero estar seguro de que no es una tomadura de pelo ».
La ventana del chat se abrió. Ballick acababa de descubrir que en ese foro existía la opción de comunicación directa.
Hungry_Chef: - Sí, voy totalmente en serio.
Lamb: - Entonces yo también.
Hungy_Chef: - Si nos encontramos, ¿serás consciente de las consecuencias? ¿Llegarás hasta el final?
Ballick vaciló.
Lamb: - Completamente. Creo que mi Destino es ser devorado. No pienso en otra cosa, no concibo otro fin. Necesito morir así.
Era la primera vez que formulaba sus verdaderos deseos. De esa forma, los hizo reales. Sí, Ballick quería ser comido más que nada, no tenía ningún otro objetivo en la vida. Los únicos orgasmos que había experimentado habían sido en solitario, gracias a las imágenes que él mismo generaba en su cabeza. Sus relaciones, tanto con mujeres como con hombres, habían sido desastrosas. Jamás había sido capaz de consumar ninguna de ellas.
Pero ahora… Tal vez por fin podría experimentar el placer con el que soñaba. Rozaría el Nirvana con sus órganos expuestos y su carne bien cocinada.
« Pero ese chef debe ser el adecuado. No puedo ofrecerme a cualquiera. Tiene que ser especial. No quiero arrepentirme cuando ya no haya vuelta atrás ».
Hablaron durante los dos meses siguientes. Pasaron a llamarse por sus verdaderos nombres: Adam y Ballick. Adam, comprensivo en lo que Ballick estaba dispuesto a ofrecerle, se mostró encantador como el que va a desposarse con una virgen. Pacientemente, respondía a todas sus preguntas, e incluso parecía ansioso por transmitir todos los retorcidos conocimientos que había adquirido en libros, internet y viajes.
Pasado ese tiempo, Ballick ya podía visualizar a la perfección cómo sería el encuentro, cómo Adam empezaría a troncharlo suavemente para que pudiese ver lo máximo del proceso sin morir e incluso cómo iba a cocinarlo. Esas escenas se convirtieron en su obsesión. No había nada más importante en el mundo que su gran final.
Y, al fin llegó la fecha que habían fijado para conocerse. La primera y última vez que se verían. Ballick viajaría al pequeño pueblo donde Adam se refugiaba siempre que el trabajo se lo permitía. Había heredado un caserón antiguo y enorme que sus vecinos daban por maldito, con varias hectáreas de terreno que les envolverían en la intimidad que el ritual requería.
El saludo fue escueto. Se estrecharon la mano en la estación de tren y caminaron en silencio hasta el caserón. El jardín estaba descuidado y a la fachada le habría ido bien varias capas de pintura. Lo último que Ballick iba a ver del exterior era esa horrible casa que se pudría.
El interior no era mucho mejor: muebles austeros, poca luz, habitaciones que habían permanecido cerradas durante décadas… Se sentaron en la mesa del comedor. Adam abrió una botella de vino blanco y puso frente a Ballick un pequeño cuenco lleno de pastillas de colores, como si fuesen cereales.
- Esto atenuará el dolor. Así no te desmayarás.
Ballick engulló las pastillas poco a poco junto al vino. Hasta que su cuerpo dejó de poseer sentido del tacto y éste fue sustituido por un hormigueo que se extendía por todos sus nervios. Adam comenzó a desnudarlo, pero para Ballick ya no era Adam, sino manos ectoplasmáticas que surgían de todas partes. Su ropa estaba hecha de vapor y caía con facilidad sin que él notase nada. Las manos lo empujaban suavemente, ayudándole a tumbarse.
Entonces se vio desnudo, tendido sobre la mesa, y se imaginó como el plato estrella de un restaurante exclusivo. Visualizó techos de catedral, todo pintado de rojo, bandejas de plata y comensales observándolo mientras se relamían.
Algo rozaba su entrepierna y sintió una excitación punzante. Tironeaban de su miembro, pero el efecto de las drogas hacía de la castración algo parecido a cuando te sacan una muela: adivinaba el tirón y el desgarre, pero el dolor se quedaba atascado en la raíz. A los pocos minutos olía de maravilla, a especias y carbón.
- Prueba esto. ¿No es la mejor carne del mundo? Ningún manjar se acerca a este sabor. ¡Oh, llevaba tanto tiempo deseando llevarme algo así a la boca!
Adam hablaba en una euforia demencial. Ballick intentó masticar a duras penas el pequeño trozo de carne que le había dado Adam, pero los sentidos empezaban a desprenderse de su cuerpo. Su yo se desvanecía en una nada que olía a sangre y brasas.
- No puedes dormirte. Tienes que verlo bien.
Un parpadeo y sus dedos no estaban. En su lugar, muñones correosos. Otro parpadeo y algo le abría el vientre. Entonces, a pesar de todos los somníferos y el alcohol, sí que notó el daño, o más bien lo vio y sus ojos interpretaron la carnicería como dolor. Sus entrañas, expuestas ante él, manaban los colores que había intentado visualizar sin éxito en sus sueños. Eran hermosos, violentos y brillantes. Eso fue lo último que vio. Murió con una sonrisa macabra que más parecía una cicatriz.
Adam consumió 20 kg de la carne de Ballick antes de que la policía echase la puerta abajo y se encontrase con el ansiado culmen de la relación entre esas almas gemelas.
Ballick había tardado mucho tiempo en llegar hasta un foro como aquel: “Mr. Meat Forum”. Y, en realidad, había sido pura casualidad. No esperaba que existiesen demonios similares a los suyos. Siempre había creído que los engranajes de su mente estaban atrofiados, engrasados con veneno en lugar de aceite. Pero, al parecer, en ese foro de internet había encontrado una comunidad que lo aceptaría e incluso satisfaría. El Destino lo había llevado hasta allí.
Ningún tipo de pornografía lo había excitado jamás. Lo que le provocaba agitaciones tan desesperadas que dolían era ver la carne cruda, sentirla bajo las palmas de sus manos, rozar el pellejo rosado con la punta de un cuchillo e imaginarse a sí mismo expuesto de esa forma: desnudo, lavado y afeitado a conciencia, brazos y piernas extendidos ante las manos hambrientas de un carnicero. Y el tacto del metal que, lentamente, fuese hundiéndose en su cuerpo. Quería provocar en alguien un apetito tan furioso como una erección.
Había pasado años conteniendo sus fantasías. Al principio las interpretaba como pesadillas; luego, las aceptó, pero guardándolas en lo más profundo de su neurosis, en la fosa de las Marianas que a todos se nos hunde hasta algún punto impreciso de nuestra naturaleza enferma.
El autor del anuncio se hacía llamar Hungry_Chef. Ballick encontró ese seudónimo lo bastante sugerente como para intentar responder, medio en broma medio en serio, su petición.
« Puedes llamarme Lamb. ¿Hablas en serio? Quiero estar seguro de que no es una tomadura de pelo ».
La ventana del chat se abrió. Ballick acababa de descubrir que en ese foro existía la opción de comunicación directa.
Hungry_Chef: - Sí, voy totalmente en serio.
Lamb: - Entonces yo también.
Hungy_Chef: - Si nos encontramos, ¿serás consciente de las consecuencias? ¿Llegarás hasta el final?
Ballick vaciló.
Lamb: - Completamente. Creo que mi Destino es ser devorado. No pienso en otra cosa, no concibo otro fin. Necesito morir así.
Era la primera vez que formulaba sus verdaderos deseos. De esa forma, los hizo reales. Sí, Ballick quería ser comido más que nada, no tenía ningún otro objetivo en la vida. Los únicos orgasmos que había experimentado habían sido en solitario, gracias a las imágenes que él mismo generaba en su cabeza. Sus relaciones, tanto con mujeres como con hombres, habían sido desastrosas. Jamás había sido capaz de consumar ninguna de ellas.
Pero ahora… Tal vez por fin podría experimentar el placer con el que soñaba. Rozaría el Nirvana con sus órganos expuestos y su carne bien cocinada.
« Pero ese chef debe ser el adecuado. No puedo ofrecerme a cualquiera. Tiene que ser especial. No quiero arrepentirme cuando ya no haya vuelta atrás ».
Hablaron durante los dos meses siguientes. Pasaron a llamarse por sus verdaderos nombres: Adam y Ballick. Adam, comprensivo en lo que Ballick estaba dispuesto a ofrecerle, se mostró encantador como el que va a desposarse con una virgen. Pacientemente, respondía a todas sus preguntas, e incluso parecía ansioso por transmitir todos los retorcidos conocimientos que había adquirido en libros, internet y viajes.
Pasado ese tiempo, Ballick ya podía visualizar a la perfección cómo sería el encuentro, cómo Adam empezaría a troncharlo suavemente para que pudiese ver lo máximo del proceso sin morir e incluso cómo iba a cocinarlo. Esas escenas se convirtieron en su obsesión. No había nada más importante en el mundo que su gran final.
Y, al fin llegó la fecha que habían fijado para conocerse. La primera y última vez que se verían. Ballick viajaría al pequeño pueblo donde Adam se refugiaba siempre que el trabajo se lo permitía. Había heredado un caserón antiguo y enorme que sus vecinos daban por maldito, con varias hectáreas de terreno que les envolverían en la intimidad que el ritual requería.
El saludo fue escueto. Se estrecharon la mano en la estación de tren y caminaron en silencio hasta el caserón. El jardín estaba descuidado y a la fachada le habría ido bien varias capas de pintura. Lo último que Ballick iba a ver del exterior era esa horrible casa que se pudría.
El interior no era mucho mejor: muebles austeros, poca luz, habitaciones que habían permanecido cerradas durante décadas… Se sentaron en la mesa del comedor. Adam abrió una botella de vino blanco y puso frente a Ballick un pequeño cuenco lleno de pastillas de colores, como si fuesen cereales.
- Esto atenuará el dolor. Así no te desmayarás.
Ballick engulló las pastillas poco a poco junto al vino. Hasta que su cuerpo dejó de poseer sentido del tacto y éste fue sustituido por un hormigueo que se extendía por todos sus nervios. Adam comenzó a desnudarlo, pero para Ballick ya no era Adam, sino manos ectoplasmáticas que surgían de todas partes. Su ropa estaba hecha de vapor y caía con facilidad sin que él notase nada. Las manos lo empujaban suavemente, ayudándole a tumbarse.
Entonces se vio desnudo, tendido sobre la mesa, y se imaginó como el plato estrella de un restaurante exclusivo. Visualizó techos de catedral, todo pintado de rojo, bandejas de plata y comensales observándolo mientras se relamían.
Algo rozaba su entrepierna y sintió una excitación punzante. Tironeaban de su miembro, pero el efecto de las drogas hacía de la castración algo parecido a cuando te sacan una muela: adivinaba el tirón y el desgarre, pero el dolor se quedaba atascado en la raíz. A los pocos minutos olía de maravilla, a especias y carbón.
- Prueba esto. ¿No es la mejor carne del mundo? Ningún manjar se acerca a este sabor. ¡Oh, llevaba tanto tiempo deseando llevarme algo así a la boca!
Adam hablaba en una euforia demencial. Ballick intentó masticar a duras penas el pequeño trozo de carne que le había dado Adam, pero los sentidos empezaban a desprenderse de su cuerpo. Su yo se desvanecía en una nada que olía a sangre y brasas.
- No puedes dormirte. Tienes que verlo bien.
Un parpadeo y sus dedos no estaban. En su lugar, muñones correosos. Otro parpadeo y algo le abría el vientre. Entonces, a pesar de todos los somníferos y el alcohol, sí que notó el daño, o más bien lo vio y sus ojos interpretaron la carnicería como dolor. Sus entrañas, expuestas ante él, manaban los colores que había intentado visualizar sin éxito en sus sueños. Eran hermosos, violentos y brillantes. Eso fue lo último que vio. Murió con una sonrisa macabra que más parecía una cicatriz.
Adam consumió 20 kg de la carne de Ballick antes de que la policía echase la puerta abajo y se encontrase con el ansiado culmen de la relación entre esas almas gemelas.