Marcelo Pavón Suárez
Vasto
En mis cuentas personales
siguen sin darme bien los resultados,
las ausencias
y el sol volcando su último brindis
en la calle crepúsculo.
Todo me da equivocado,
los números,
el teléfono
y las aceras resignadas
a mis pasos sin voz.
Hago mal en esperarte,
en imaginar tu cuerpo regresando
con esa vieja alma de la que me enamoré,
prostituyendo mi deseo de caricias
por tus baraticias
que me arrojás desde lejos
cuando, a veces,
venís a meterte en mi cama
para saciar tu soledad,
amortizando tu amor propio
con ruidos a resortes de cama…
¿O será que no es la cama la que rechina
sino nuestros nombres rotos
al costado de la banquina?
En mis cuentas personales
me duelen los número que no dan
quizás porque necesito tus π es
(no voy a darte con el gusto
y nombrar tus pies)
dividiendo, al caminar,
mis nostalgias
de mis sonrisas
para no confundir el adiós
con el “te espero”.
siguen sin darme bien los resultados,
las ausencias
y el sol volcando su último brindis
en la calle crepúsculo.
Todo me da equivocado,
los números,
el teléfono
y las aceras resignadas
a mis pasos sin voz.
Hago mal en esperarte,
en imaginar tu cuerpo regresando
con esa vieja alma de la que me enamoré,
prostituyendo mi deseo de caricias
por tus baraticias
que me arrojás desde lejos
cuando, a veces,
venís a meterte en mi cama
para saciar tu soledad,
amortizando tu amor propio
con ruidos a resortes de cama…
¿O será que no es la cama la que rechina
sino nuestros nombres rotos
al costado de la banquina?
En mis cuentas personales
me duelen los número que no dan
quizás porque necesito tus π es
(no voy a darte con el gusto
y nombrar tus pies)
dividiendo, al caminar,
mis nostalgias
de mis sonrisas
para no confundir el adiós
con el “te espero”.