Juno
Poeta que considera el portal su segunda casa
Alondra derribada en la tormenta
no supiste refugiarte a tiempo.
Atrapada entre las nubes
quebraron tus alas los rayos.
Caíste mal herida entre pinares
y entre ellos pasaste la noche.
Los relámpagos alumbraron siluetas
de alimañas que olían a muerte.
Despuntaba ya el alba en el horizonte
y el rocío lamía tus plumas de seda
cuando un paseante te recogió
al verte temblando entre árboles.
Quisiste huir de aquel abrazo,
de aquel calor de aquellas manos.
Toda tú librando batalla.
Toda tú al fin vencida.
Y al abrigo de aquél que te salvaba
pasaron los días y sus noches.
Alondra derribada en la tormenta,
sanaron tus alas rotas.
Mas hoy contemplas la vida
con tu alma entre barrotes.
Y ya no hay tormentas,
pero tampoco hay viento que te meza,
ni cielo infinito, ni luz de estrellas
que acompañen tu vuelo errante.
Hay certeza de despedida
del río que serpea entre laderas,
del beso de la aurora,
de la fragancia de las magnolias.
Tus ojos, antes fuego, ya sin chispa.
Tu canto melodioso marchito en tu garganta.
Tu corazón latiendo soledades
junto a tu libertad cautiva.
Y al abrigo de aquél que te salvaba
no importaron ya, ni los días ni sus noches.
no supiste refugiarte a tiempo.
Atrapada entre las nubes
quebraron tus alas los rayos.
Caíste mal herida entre pinares
y entre ellos pasaste la noche.
Los relámpagos alumbraron siluetas
de alimañas que olían a muerte.
Despuntaba ya el alba en el horizonte
y el rocío lamía tus plumas de seda
cuando un paseante te recogió
al verte temblando entre árboles.
Quisiste huir de aquel abrazo,
de aquel calor de aquellas manos.
Toda tú librando batalla.
Toda tú al fin vencida.
Y al abrigo de aquél que te salvaba
pasaron los días y sus noches.
Alondra derribada en la tormenta,
sanaron tus alas rotas.
Mas hoy contemplas la vida
con tu alma entre barrotes.
Y ya no hay tormentas,
pero tampoco hay viento que te meza,
ni cielo infinito, ni luz de estrellas
que acompañen tu vuelo errante.
Hay certeza de despedida
del río que serpea entre laderas,
del beso de la aurora,
de la fragancia de las magnolias.
Tus ojos, antes fuego, ya sin chispa.
Tu canto melodioso marchito en tu garganta.
Tu corazón latiendo soledades
junto a tu libertad cautiva.
Y al abrigo de aquél que te salvaba
no importaron ya, ni los días ni sus noches.
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