Abel García
Poeta recién llegado
Un hechicero bailaba una danza extraña; sobre brasas anaranjadas que se oscurecían bajo sus pies, sus movimientos acababan en formas rebuscadas, su rostro congelado en una expresión de pánico, y sus ojos... esos ojos brillaban más que las ascuas, ardía pupila e iris en una danza diferente.
Nos estaba atando con su hechizo, no físicamente, solo el espíritu podría sentir las cuerdas que manejaba.
Bailaba el conjuro de los años retenidos y de los segundos imborrables, de sensaciones cautivas, de verdades indomables.
Era un nigromante, un hechicero de artes oscuras, un iluminado por los espíritus que veneraba. Un eslabón, un ancla, una puerta, un pasillo; un cristal, un peldaño. Era yesca y chispa de un fuego negro, un viento sumergido, el azul del hielo, era puesta de sol y medianoche, era el olor ácido de la carne putrefacta y el dulce de la muerte.
Bailaba sobre las brasas de un árbol antiguo, que vio vidas lejanas y que cobijó entre sus ramas las aves más audaces, de los más vivos colores y de los más altos vuelos, sus hojas y su tronco alimento de multitud de vidas. Un árbol que ardió entero, desde su tronco hasta la última rama y cuando sus raíces comenzaron a gritar, el hechicero recogió e hiló como la lana la voz de su vida; en largas cuerdas emergían hacia sus ojos y manos y se ató con ellas girando, enredándose rápidamente hasta tropezar; cayendo sobre las brasas que incendiaron su carne en un estallido tan intenso, que nada quedó de su cuerpo; solo el hechizo que sentí me encadenaba, no por mi proximidad a su danza; si no por ser humano, que era a quienes iba dirigido ese hechizo.
Nos estaba atando con su hechizo, no físicamente, solo el espíritu podría sentir las cuerdas que manejaba.
Bailaba el conjuro de los años retenidos y de los segundos imborrables, de sensaciones cautivas, de verdades indomables.
Era un nigromante, un hechicero de artes oscuras, un iluminado por los espíritus que veneraba. Un eslabón, un ancla, una puerta, un pasillo; un cristal, un peldaño. Era yesca y chispa de un fuego negro, un viento sumergido, el azul del hielo, era puesta de sol y medianoche, era el olor ácido de la carne putrefacta y el dulce de la muerte.
Bailaba sobre las brasas de un árbol antiguo, que vio vidas lejanas y que cobijó entre sus ramas las aves más audaces, de los más vivos colores y de los más altos vuelos, sus hojas y su tronco alimento de multitud de vidas. Un árbol que ardió entero, desde su tronco hasta la última rama y cuando sus raíces comenzaron a gritar, el hechicero recogió e hiló como la lana la voz de su vida; en largas cuerdas emergían hacia sus ojos y manos y se ató con ellas girando, enredándose rápidamente hasta tropezar; cayendo sobre las brasas que incendiaron su carne en un estallido tan intenso, que nada quedó de su cuerpo; solo el hechizo que sentí me encadenaba, no por mi proximidad a su danza; si no por ser humano, que era a quienes iba dirigido ese hechizo.
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